El 19 de noviembre se conmemoró el “Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual Infantil” y, sin dudas, este acontecimiento se presenta como una buena excusa para reflexionar acerca de esta problemática que aqueja a las infancias.

Dibujo: Chachi Verona
El 19 de noviembre se conmemoró el “Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual Infantil” y, sin dudas, este acontecimiento se presenta como una buena excusa para reflexionar acerca de esta problemática que aqueja a las infancias.
El abuso sexual infantil se encuadra dentro de los malos tratos a la niñez junto con la violencia psicológica, el maltrato físico y el abandono o trato negligente. Es la irrupción de la sexualidad adulta en el desarrollo psicosexual de una niña o un niño.
Al respecto, Liliana Pauluzzi explica que “el abuso sexual infantil es antes que nada un abuso de poder y su característica fundamental es la seducción, la manipulación del vínculo de confianza que el niño o la niña tiene con el agresor, la imposición del silencio y el secreto y la revelación tardía”.
Cabe mencionar que distintas estadísticas muestran que el abuso sexual infantil acontece, mayoritariamente, en el contexto intrafamiliar. Es decir, los abusadores suelen ser familiares, afectos o personas conocidas; siendo necesario resaltar que no es un hecho particular que corresponde a un determinado grupo o clase social. Por lo tanto, es necesario desarticular los prejuicios y mitos que ponen en riesgo a todas las niñas y todos los niños.
La Justicia
Por otra parte, Liliana Pauluzzi nos recuerda que pocos agresores son condenados y que los tribunales protegen mejor los intereses de los adultos que los derechos jurídicos de la niñez. Sin contar que el secreto del abuso sexual infantil, impuesto por los abusadores, suele mantenerlos a salvo por largo tiempo y, muchas veces, los protege para siempre.
En este sentido, resulta imprescindible destacar la necesidad de implementar la ley de Educación Sexual Integral (ESI) en todas y cada una de las escuelas, por distintos motivos.
En primer lugar, porque el Estado y la institución escolar deben garantizar el derecho a la educación respetando las legislaciones vigentes, entre ellas la Ley Nacional Nº 26.150 sancionada en el año 2006. En segundo término, porque siempre tienen la obligación de cuidar a las niñas y los niños.
Ante tanta desinformación o información mal intencionada, es necesario resaltar que la ley de Educación Sexual Integral propone gestar un proyecto educativo que promueva el cuidado del cuerpo y la construcción de vínculos saludables basada en el respeto por las diferencias.
En honor a esta fecha, comparto un cuento vinculado a esta problemática con la intención de que todas las personas adultas seamos capaces de conmovernos ante el dolor de quienes callan el secreto del abuso sexual infantil.
Deseo que la historia de Juana les permita comprender que las niñas y los niños nunca mienten, que los grandes debemos confiar en su palabra y que siempre debemos confirmarles que somos los/as responsables de cuidar su tiempo de infancia.
>> Secretos (*)
Juana callaba su dolor. Sentía miedo. Creía que nadie sería capaz de creerle. Y yo puedo entender a Juana, porque la palabra de las niñas (la de los niños también) requiere, casi siempre, de pruebas. Pruebas que refuten cualquier intento de fantasía, pruebas que aseguren que ningún grande ha llenado su cabeza de locas ideas. Porque algunas personas adultas creen, o quieren creer, que las niñas y los niños no son capaces de pensar por sí mismos.
Mientras Juana tenía miedo y los grandes seguían pensando lo que pensaron siempre, Juana seguía sufriendo.
Sufría, callaba, sentía culpa, ocupaba su mente con tareas y juegos. Jugaba mucho, todo lo que podía. Porque mientras ella jugaba, podía jugar a ser otra distinta.
Pero un día algo cambió, aunque Juana siguiese jugando como siempre. Esa tarea nunca cesó. Lo que cambió su vida fue un encuentro, un día de clases distinto a los de antes e incluso a los que estaban por venir.
Su maestra le enseñó a Juana que su cuerpo le pertenecía. Le explicó que nadie, absolutamente, nadie podía apropiarse de él. Ni siquiera aquellas personas que más quería. Como buena maestra, la seño de Juana ejemplificó. Los ejemplos suelen despejar dudas siempre. Sobre todo, cuando la confusión gobierna.
Entonces su maestra nombró una palabra clave en la historia de Juana y le aseguró que ni su mismísimo padre tenía derecho a tocar su cuerpo. Le explicó, que cuando eso sucede, los padres suelen culpar a sus hijas. Es más, las obligan a guardar el secreto.
Juana sintió un alivio tan grande. Sintió que su seño sabía todo lo que le estaba sucediendo. Sintió, por primera vez, que había alguien que era capaz de creerle. Sintió entonces un deseo gigante de contarle el dolor que andaba callando desde hace tiempo.
Desde entonces, Juana ya no es la misma. Su vida tampoco. Y, aunque su seño no pudo cambiar su pasado, Juana supo que su destino podía ser distinto.
(*) Incluido en “Cuentos desobedientes. Cuentos para cuidar las infancias”, Editorial Laborde.




