educación

"Hemos construido una sociedad que no contiene a los pibes"

Claudio Castricone es sacerdote en Tablada. Habla del crecimiento de la violencia en los barrios y de salidas posibles

Sábado 08 de Mayo de 2021

Misael tenía 17 años cuando un disparo cerró sus ojos para siempre en barrio Ludueña. Vivía en la zona sur y sus familiares, amigos y docentes no encuentran consuelo ni explicación para ese final. Un día después Ximena —2 años— recibió un tiro en el estómago cuando jugaba en una vereda de Fisherton y debió ser hospitalizada. Los dos episodios sucedieron al principio de esta semana y son muestra de hechos de violencia urbana que tienen como protagonistas a chicos y chicas de los barrios. Claudio Castricone es párroco en Tablada y dice que cada vez que se encuentra con este tipo de noticias siente un profundo dolor, tanto por las víctimas de las balaceras como por quienes las ejecutan. “Entre todos hemos construido una sociedad que no los contiene”, dice Castricone. En este punto plantea que frente a un mercado laboral expulsivo, y escuelas que a veces también lo son, para muchos jóvenes “lamentablemente la fuente de trabajo la da el narcotráfico”.

Claudio Castricone está sentado en el patio de la Escuela Primaria Nº 1.417 San Pablo, de Necochea y Ameghino. A sus espaldas, un grupito de nenes juega trepando a una montaña de tierra, que emerge por una obra que se está realizando en el patio del Centro de Vida Padre Misericordioso, un espacio que funciona por las tardes con propuestas lúdicas y de aprendizaje pensadas para chicas, chicos y adolescentes. “Para los jóvenes —dice Castricone— se trata de ser un lugar de contención, porque muchos han caído en la droga. Pero la idea es que vengan, que estén acá, que tomen mate. Y para los más chiquitos es un lugar de prevención”. Allí también funcionaron talleres enmarcados en el programa provincial Santa Fe Más.

En el SUM (salón de usos múltiples) inaugurado el año pasado en la planta alta del edificio, hay nenes jugando en el piso, mientras jóvenes voluntarias y voluntarios brindan apoyo escolar. La instalación de una antena en la sala fue clave durante la pandemia para ayudar en las tareas a los nenes y nenas del barrio sin conexión en sus hogares. En febrero comenzaron además con una escuelita de fútbol para adolescentes varones y mujeres, con una mirada “que trata de no ser competitiva, para que todos se sientan incluidos”.

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Mientras habla con La Capital se le acerca Tadeo y lo abraza con sonrisa pícara. Al instante se acercan otros nenes y comienzan a jugar a su alrededor. “Nosotros queremos hacer de esto una familia, donde se sientan contenidos, que sea un lugar de encuentro”, dice Castricone, quien desde hace cinco años está en el barrio como párroco de la parroquia “Nuestra Señora de Fátima” y la capilla “San Pablo” de Tablada. Su vínculo con las barriadas populares tiene una larga historia. En otros tiempos estuvo en la parroquia Itatí de Las Flores, en Puente Gallego, en Godoy, en J. B. Molina y junto a una comunidad qom de Formosa.

“No es más grande aquel que nunca falla, sino aquel que nunca se da por vencido”, dice una frase estampada en un paredón sobre calle Ameghino, por encima de un dibujo que retrata a los personajes de la película animada Metegol, de Juan José Campanella. Castricone manifiesta su dolor por la realidad que atraviesan las infancias más vulnerables de Rosario y el crecimiento de la violencia vinculada al narcotráfico. Sobre todo en un contexto donde, según las últimas cifras del Indec, 6 de cada 10 menores de 14 años son pobres. Un porcentaje que llega al 49,2 por ciento entre adolescentes y jóvenes de entre 15 y 29 años.

Pero también habla de los gestos de solidaridad y de un proyecto que lo entusiasma: la inminente apertura en el barrio de una aula perteneciente a la Eempa Papa Francisco, que ya funciona hace cuatro años en villa La Lata con la comunidad de la iglesia María Madre de Dios. La Eempa tendrá aulas también en la capilla San Roque (avenida De Pineda y Platón), en la Escuela Nuestra Señora Del Valle (Batlle y Ordoñez y Dorrego), y en el Refugio del Buen Pastor (Laprida y Gálvez). “Son cinco aulas de una misma escuela, pensada para los pibes y las pibas que están en nuestros barrios en total vulnerabilidad, que además van a tener horas de taller”, resume el sacerdote.

Dice que la realidad económica en la zona está “más o menos igual, o un poquito para atrás” que el año pasado. Pero que en cuanto a hechos de violencia el barrio está “bastante pesado”, y nombra algunas intersecciones conflictivas.

—¿Cómo transcurren la pandemia los pibes del barrio?

—Digo esto convencido por la realidad: los chicos están más cuidados en la escuela que en las calles. Para nuestros barrios populares la presencialidad no es un lugar de contagio sino de cuidado, porque acá dentro tienen todos los protocolos, con barbijos, alcohol, control de temperatura. Les cerrás la escuela y están en la calle”.

—¿Y qué encuentran en la calle?

—Primero que ahí no hay cuidado. Y después la calle nunca te enseña cosas buenas. Por eso no paramos nunca en todo el año pasado. Cerramos muy poquito al principio, pero cuando nos dimos cuenta que no había conectividad y que los chicos no podían hacer lo que las maestras les mandaban volvimos abrir. Hubo un grupo de maestras que se ofrecieron de voluntarias y le dimos para adelante, porque el año pasado fue terrible. Por eso me parece que esto de la presencialidad no se puede poner uniformemente para todos. En nuestros barrios es fundamental que la escuela esté abierta. En lo educativo porque lo virtual no va, pero también en el tema de contención emocional y afectiva. Como lugar de encuentro. Porque sino es la calle. El “quedate en casa” sonó muy lindo, pero en nuestro barrio eso parecía una cargada, porque tenés un montón de gente viviendo en una misma casa donde el patio es la calle.

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—En algunas entrevistas vos señalás la importancia de caminar los barrios para tomar medidas sobre las infancias.

—Si, porque se toman decisiones desde un escritorio unificando a todos como si todo fuera igual. Por eso digo que la pandemia del año pasado mostró que en los barrios se vivió peor el tema de la escolaridad. Esto de acá, que es Centro de Vida y Centro de Niñez, el año pasado fue comedor desde abril hasta diciembre. Dimos comida de lunes a viernes, unas 400 raciones, que al principio fue más duro porque la gente, hasta que llegó el IFE (ingreso familiar de emergencia), se había quedado sin changas. Pero también pasaron cosas muy lindas.

—¿Como cuáles?

—La gente que se acercó a colaborar. Gente del barrio que prácticamente ni conocía se acercó y preguntó: “¿Hace falta que vengamos?”. Personas que todavía siguen enganchada y que vinieron a cocinar de voluntarios de una manera admirable. También eso hay que resaltar. Salió mucho la solidaridad el año pasado, no solo acá sino en todos lados. Los voluntarios que se pusieron la situación al hombro ayudaron a que la crisis no fuera más grande. En el momento más duro estuvieron presentes.

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—Se nota un crecimiento de la violencia y la criminalidad que tiene protagonistas a pibes de los barrios, ya sea como víctimas de balaceras o como quienes las ejecutan. ¿Cómo analizás ese fenómeno?

—Me produce un profundo dolor. Por la víctima pero también por el victimario. Entre todos hemos construido una sociedad que no contiene. ¿Por qué terminan estos chicos siendo sicarios? Porque no se les brindó educación. Pero no porque no estuvieran las escuelas, que están, sino porque el sistema educativo muchas veces para nuestros pibes es expulsivo. Ni que hablar de lo laboral. Si hubiesen tenido un laburo donde más o menos pudieran ganarse unos mangos no caen en esto. Acá lamentablemente la fuente de trabajo la da el narcotráfico en nuestro barrio.

—¿Cómo viven los estigmas sociales que pesan sobre ellos?

—Lo que hacen en nuestros barrios es buscar su lugar. No se si se plantean “la sociedad nos expulsa”. Pero si que su lugar es la esquina. Y también en esto de la violencia y el narcotráfico, en el ser sicarios encuentran su lugar de pertenencia, donde se sienten importantes. Entonces más que pensar “me expulsa la sociedad”, buscan un lugar concreto de encuentro. Y eso es también a lo que apostamos, a que este sea su lugar de pertenencia. Por eso digo también que las escuelas no tienen que ser expulsivas y pensar, al menos en estos barrios, en el pibe concreto que tiene. No digo regalar la nota o un titulo a nadie, pero sí tener mas creatividad para que las materias les gusten y que las entiendan.

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