Su llegada fue una sorpresa. Se lo esperaba recién para marzo, pero el viernes pasado, sin previo aviso, Ricky Martin apareció en el aeropuerto de Mar del Plata, en lo que fue una visita fugaz al país por 24 horas. No había ningún show programado oficial ni eran vacaciones; vino tan sólo para cantar en un evento privado en la costa atlántica, y así como llegó se fue. Desde el hotel Sheraton de esta ciudad se trasladó a media tarde en helicóptero a Villarrobles: su destino. Un predio de mil hectáreas ubicado entre Pinamar y Mar de Ajó, en el que montaron un complejo bajo el concepto de “ciudad pueblo” con un centro comercial, canchas de golf, cinco kilómetros de lagunas artificiales y 300 metros de playa propia, entre otros lujos. Y cuyo dueño, el empresario neuquino Raúl Vertúa, quiso que fuera Ricky Martin quien animara la fiesta de inauguración de su nuevo emprendimiento.
Una boda amarilla


























