No hay día en que los medios de comunicación no nos informen de algún hecho de violencia. No se trata solamente de violencia de género, sino de violencia familiar en su sentido más amplio y de violencia social. Maestros golpeados por padres o por alumnos, hijos golpeados o asesinados por padres, homicidios entre vecinos por los motivos más fútiles. Es triste reconocerlo, pero nuestra sociedad se ha tornado cada vez más violenta. A los hechos que caracterizamos generalmente como "inseguridad" (robos, por ejemplo), y que en menor grado siempre existieron, debemos agregarles un recrudecimiento de la violencia en las relaciones cotidianas. A veces sólo es de palabra, pero las palabras desaforadas y agraviantes suelen ser la antesala de la violencia física. ¿Cómo y por qué llegamos a esta situación? Las respuestas a estas preguntas nunca son simples, pero no podemos prescindir de dos factores fundamentales: la decadencia económica y social de la Argentina de las últimas décadas y su decadencia institucional. Y si hiláramos más fino, probablemente concluiríamos que la primera causa, la más notoria, deriva de la segunda, que parece más abstracta y alejada de las preocupaciones concretas y cotidianas de la mayoría de la población. En otros términos, hemos perdido la ley, la referencia insoslayable para todos, el rumbo, el norte, el marco aceptado socialmente para el desarrollo de todas nuestras conductas. Fuera de la ley, nos espera la barbarie y la lucha de todos contra todos. La anomia no es la falta de ley, sino la indiferencia por el orden legal.




































