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Victorio Paulón: "El sindicalismo debe ser autónomo, pero no neutral"

El secretario de Relaciones Internacionales de la CTA de Yasky acaba de presentar el libro "Una larga huelga", en donde relata los pormenores del Villazo. "La experiencia de la UOM de Villa Constitución fue el último eslabón del sindicalismo clasista y combativo de los 60 y 70", dijo.  

Martes 02 de Octubre de 2012

La gran huelga que protagonizó la UOM de Villa Constitución junto al pueblo de esa ciudad santafesina, entre marzo y mayo de 1975, dejó una profunda huella en la historia del movimiento obrero organizado.

Luego de denunciar un «complot» contra la producción en el cordón industrial del Paraná, el gobierno de Isabel Perón puso en marcha un gigantesco operativo que dio como resultado la detención de casi toda la conducción de la UOM villense, en medio de atentados de la extrema derecha que arrojaron decenas de víctimas entre los trabajadores. Encarcelada la comisión directiva del gremio metalúrgico, se eligió en asamblea el Comité de Lucha que condujo el extenso conflicto a lo largo de 60 días.

El actual secretario de Relaciones Internacionales de la CTA de los Trabajadores,Victorio Paulón, era en ese momento delegado en Villber, de Empalme, y tuvo una activa participación en el Comité de Lucha, lo que finalmente motivó su detención a disposición del PEN hasta el año 1982, en que partió al exilio francés.

Paulón acaba de presentar el libro "Una larga huelga", en donde relata los pormenores del Villazo. En diálogo con La Capital, aseguró que "la experiencia de la UOM de Villa fue el último eslabón del sindicalismo clasista y combativo de los '60 y '70". Respecto del estado de situación del movimiento obrero a partir de la irrupción del kirchnerismo, el dirigente gremial afirmó que "el sindicalismo debe ser autónomo, pero no neutral".

—¿Cómo se dio el proceso que desembocó en irrupción de la Lista Marrón, la fracción antiburocrática que llegó en 1974 a la conducción de la mano de Alberto Piccinini?

—Creo que la experiencia de la UOM de Villa fue el último eslabón del sindicalismo clasista y combativo de los '60 y '70, que protagonizó la resistencia a la dictadura Onganía-Levingston-Lanusse. El de Villa es un conflicto sindical que ponía en cuestión el modo de representación en el sindicato paradigmático en la época que era la UOM, como podría ser el Sindicato de Camioneros en la actualidad.

—El gremio metalúrgico albergaba en su seno una facción «participacionista»...

—La noche en que asume Juan Carlos Onganía, tras el derrocamiento de Arturo Illia, en la fiesta de gala del Teatro Colón hay dos dirigentes sindicales invitados: Augusto Vandor (UOM) y Rogelio Coria (Uocra). El «participacionismo» y el «colaboracionismo» se disputaban el acompañamiento a aquella dictadura, que era una imitación del franquismo, de neto corte corporativo. Prometía quedarse 15 años en el poder y hablaba del «tiempo económico», del «tiempo social» y allá lejos del «tiempo político».

—¿Cuál es la reacción del movimiento obrero?

—En la resistencia a ese proceso se destaca la CGT de los Argentinos (CGT-A), encabezada por el gráfico Raymundo Ongaro. La expresión local eran los históricos dirigentes de ATE Héctor Quagliaro y Mario «Negro» Aguirre, desaparecidos recientemente. En Córdoba descollaban Agustín Tosco (Luz y Fuerza), Atilio López (UTA) y René Salamanca (Smata). En Tucumán, resistía la Fotia (azúcar) de Atilio Santillán. Nosotros enfrentábamos a ese estilo de conducción inaugurado por Vandor, profundamente autoritario e intervencionista, que no permitía la democracia interna, que tras su ajusticiamiento en 1968 fue continuado por Lorenzo Miguel. Esa puja planteada en la UOM de Villa deviene en un conflicto por la democracia sindical. Empieza con el reclamo de los trabajadores para elegir a sus propias autoridades. Había habido una previa, un enganche con el clasismo cordobés, que fue una comisión interna de Acíndar derrotada en una huelga del año 70, liderada por Orlando «Tano» Sagristani, un compañero de Vanguardia Comunista (VC) que fue obligado a renunciar junto a sus compañeros y puso su indemnización al servicio de la agrupación que había fundado, el Grupo Obrero del Acero (Goda). Precisamente el Goda siguió activando en forma clandestina, retomó las reivindicaciones, recuperó el cuerpo de delegados, ganó la comisión interna y finalmente el proceso cristalizó en la Lista Marrón, que triunfó en las elecciones de 1974.

—¿Previamente se había dado el enfrentamiento con la intervención miguelista?

—En marzo de 1974, se plantearon las elecciones en el gremio. La conducción nacional de Miguel las niega en Villa, esto deviene en un enfrentamiento muy fuerte con el interventor. Tras la expulsión en Acíndar de doce delegados, como respuesta se produce la toma de la fábrica, con todos los gerentes de rehenes para garantizar la no represión policial. En noviembre de ese mismo año se «arrancaron» las elecciones.

—Allí entonces es cuando estalla el conflicto final...

—Sí. Tres meses duró la experiencia al frente del sindicato y entonces llegó la intervención del gobierno nacional, ya a cargo de Isabel, con la denuncia de un «complot» contra el cordón industrial del Paraná por parte del ministro del Interior, Alberto Rocamora, con la anuencia del de Trabajo, Ricardo Otero, y la complicidad de la UOM miguelista. El operativo represivo abarcó un kilómetro y medio de vehículos por la ruta 9, entre carros de asalto, patrulleros, Prefectura, Policía Federal, Gendarmería...

—A los que había que agregar los comandos de la derecha peronista...

—Así es. Participaron la Juventud Sindical Peronista (JSP), el Comando de Organización (C. de O.), la Concentración Nacional Universitaria (CNU) y la Triple A. Es decir todos los grupos de derecha que manejaba el ministro de Bienestar Social, José López Rega. En el operativo caen presos más de 150 compañeros, incluida toda la comisión directiva, con la excepción de Luis «Negro» Segovia. La segunda línea, que yo integraba, decretó inmediatamente el paro por tiempo indeterminado, y a través de asamblea se eligió el Comité de Lucha que condujo la huelga de 60 días que narro en el libro.

—Eran planteos eminentemente políticos, que además se realizaban en el marco de una gran unidad en la acción...

—Sí. Había compañeros vinculados al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), como el Negro Segovia, quien murió en el asalto del Movimiento Todos por la Patria (MTP) a La Tablada, en enero de 1989. Un gran compañero, con mucha mística y ascendencia entre los obreros de Villa. Segovia era un gran orador, había sido despedido de Somisa tras una huelga y participó de la huelga de la Uocra en El Chocón. También había compañeros de Montoneros, de la Organización Comunista Poder Obrero (Ocpo), del trotskista Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y del Partido Comunista (PC). Muy enfrentados políticamente en aquel momento en torno a la lucha armada. Sin embargo, en esa huelga se da una unidad de acción que yo no volví a vivir nunca más, de la que participó activamente el pueblo de Villa.

—¿Qué papel debería jugar el movimiento obrero organizado en las repúblicas democráticas de avanzada que tenemos en este presente de Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela?

—El movimiento sindical necesita un profundo debate. Durante el neoliberalismo era sencillo: nos oponíamos, resistíamos y caminábamos todos juntos. Cuando irrumpieron estos gobiernos de nuevo tipo, el movimiento sindical trastabilló claramente, salvo en el caso de Brasil con la CUT, que encabezada por Lula entendió y acompañó ese proceso. En Ecuador, con Rafael Correa, claramente está en la oposición, y con Hugo Chávez (Venezuela) y Evo Morales (Bolivia) pasó lo mismo. Mas allá de las reivindicaciones históricas de la clase obrera, el movimiento sindical tiene que entender las características de este proceso que no tiene antecedentes en la región, con gobiernos que apuntan a la integración y con clara vocación de cambios populares. El sindicalismo debe ser autónomo pero no neutral. Es el caso de la CTA encabezada por Hugo Yasky, que está participando fervientemente del espacio Unidos y Organizados para sostener al gobierno popular de Cristina Fernández.

—¿Cómo caracteriza la interna de la CGT?

—Todo es muy contradictorio. Nosotros estuvimos siempre junto al MTA moyanista en la resistencia al modelo neoliberal. Creo que lo de hoy es una «foto» que va a ser superada en el corto plazo. Por otro lado, nunca vamos a estar con los «Gordos», que son la negación del gremialismo. El sindicalismo empresario es lo peor que le pasó al movimiento obrero en su ya larga historia. Creo que hay un proceso de reacomodamiento muy fuerte. Hay que rescatar las mejores tradiciones de la clase trabajadora: Huerta Grande, La Falda, el programa del 1º de mayo del 68 de la CGT-A y los 26 puntos de la CGT del ubaldinismo.

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