En tiempos donde la cortesía parece haber desaparecido y vivimos reinados por el atropello, donde la única directiva que se sigue es la del bien personal sin importar lo que le sucede al prójimo y el respeto supone ser cosa del pasado, todavía existen personas, que, yendo a contracorriente, se mantienen firmes en sus convicciones y elevan las características del espíritu humano, apostando por esas cosas que nos enseñaban nuestros abuelos. En la esquina de Provincias Unidas y Cochabamba ocupa su lugar un señor que vende flores y huevos. Habitualmente compro su mercadería los domingos y en una de mis últimas compras, sin revisar el vuelto, terminé pagando 10 pesos extras en un error compartido entre ambos. Habiendo pasado una semana y sin ser consciente todavía de la equivocación, vuelvo a concurrir al puesto y me encuentro con un hombre apenado, porque se sentía en deuda conmigo tras la confusión del cobro anterior. Es para destacar la honestidad de este vendedor, que mantiene viva la esperanza de una sociedad mejor donde se luche por un bien común, en lugar del bienestar individual y donde se revivan principios que se encuentran perdidos actualmente. Un ejemplo a seguir.



































