León Ferrari es un referente del arte contemporáneo, el más cotizado y, según el
New York Times, "uno de los cinco artistas vivos más provocadores e importantes" de la escena
mundial. El León de Oro otorgado en la 52º Bienal de Venecia selló su proyección internacional.
Todo eso a los 88 años, y no para.
Ahora participará de la Bienal de La Habana (Cuba) y en abril el Museo de Arte
Moderno de Nueva York (MoMa) realizará una retrospectiva de su obra. Mientras tanto, todas las
mañanas sigue trabajando en su taller, donde avanza en una obra que donará al Museo de Arte
Contemporáneo de Rosario (Macro), como ya hizo con muchas.
Ferrari habló con LaCapital sobre su vínculo con Rosario, que lleva 50 años, y
sobre la llegada al Macro de la que es su obra más emblemática y pieza fundamental del arte del
siglo XX: "Civilización occidental y cristiana".
La escultura desembarcará oficialmente en los viejos Silos Davis el martes
próximo, cuando se conmemoren 33 años de la última dictadura militar; y para el secretario de
Cultura municipal, Fernando Farina, el traslado de la obra "es un gesto político de uno de los
artistas más generosos que existe".
La pieza estará por lo menos un año en el museo y después recorrerá otras
ciudades.
Significado. Pese a su valor de mercado, ya que Ferrari es el artista vivo más
cotizado del país, la obra "no se vende", insiste él una y otra vez.
"Significa la crueldad del imperio y la crueldad de la religión", sintetiza y
agrega que después de 40 años sigue "en lucha contra esa idea que la iglesia puso en la cabeza de
miles de millones de personas, que no es más que el colmo de la intolerancia, una intolerancia que
se ha mezclado en toda la cultura occidental y que es el origen de los exterminios".
No simplemente agnóstico, sino miembro fundador del Club de Impíos, Herejes,
Apóstatas, Blasfemos, Ateos, Paganos, Agnósticos e Infieles (Cihabapai), planteó hace décadas su
enfrentamiento con la Iglesia. Y para fundamentar esa "lucha" no hace más que recurrir a su
historia.
"En los años que se preparaba el nazismo, del 33 al 38, estudiaba en un colegio
de curas alemanes que eran nazis y antisemitas. Ahí aprendí mucho sobre religión y sobre la
contaminación de la iglesia, y aprendí que tanto el antisemitismo y la homofobia como la
discriminación a las mujeres son cosas que vienen decididamente de la religión católica",
relata.
Su padre, Augusto Ferrari (pintor, fotógrafo y arquitecto) trabajó en varias
iglesias del país. "Era ante todo un artista, no un hombre religioso", aclara y cuenta que "hay un
libro con algunas de las fotografías que el tomaba en el año 1917 para pintar los cuadros de San
Miguel, y uno de sus principales trabajos está en la Iglesia de los Capuchinos, en Córdoba".
Abandona la historia familiar y recuerda los ataques de los grupos católicos
tanto a su Retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta en 2004 como a la muestra "Infiernos e
idolatrías", que se hizo en el 2000 en el Centro Cultural España, en Buenos Aires.
"No sé por qué los católicos que dicen que uno se va al infierno se preocupan
por castigarme en la tierra, si esperan un poco, ya me voy", ironiza.
Su vínculo con la ciudad lejos está de ser nuevo, sino que se remonta a los años
50 cuando trabajó como ingeniero en Celulosa Argentina. "En ese tiempo vivíamos con mi mujer en el
Hotel Italia, estuvimos cerca de dos años", recuerda.
Ya en 1968, cuando integraba la vanguardia de los 60, formó parte de Tucumán
Arde. "He quedado todos esos años vinculado a la ciudad", afirma.
Ese vínculo en el tiempo se tradujo en la donación de una decena de obras al
Macro, la llegada de su pieza más emblemática y tiene más de un proyecto en danza en la ciudad.