Había leído en este diario, este fin de semana, una carta en esta sección donde se nos contaba un caso de discriminación hacia una chica a la cual no dejaron ingresar al boliche por su gordura. El sábado 6 casualmente fui allí con unas amigas, e increíblemente, mientras hacíamos cola, dos chicos de piel negra fueron apartados de la puerta de ingreso, lo cual me indignó, al punto en que dudé en entrar. Y no por temor a que me lo impidieran: soy flaca, soy rubia, tengo ojos verdes y la piel blanca, sino porque pensé que no estaba bien, que debía alguien hacer algo, porque me acordé de la carta anterior. Pero festejábamos un cumpleaños, y no quise ser aguafiestas, aunque algo me dolía en el pecho. No imaginé que seguirían mis sorpresas: en medio de la noche vi, rodeado de mujeres y tomando champán (cual Ricardo Fort, aparentemente el emblema del momento), a aquel chico que hace unos años robó un auto de la concesionaria de su padre, y, alcoholizado y a excesiva velocidad, terminó con la vida de dos jóvenes y una tercera chica quedó en vida vegetativa, por lo cual estuvo detenido sólo un corto tiempo. Por supuesto, el dinero manda. Entendí entonces cuál era la "estética" que el boliche quería para sí, y sobre todo la "ética". Entonces sí, di media vuelta y me retiré. Ya nunca volveré a pasar una noche en "Madame".































