¿Qué haremos cuando los pobres en su avance involuntario se presenten ante nosotros? ¿Cómo evitaremos tropezar con sus almas vacías? Llenos de desgracia y con su humanidad postergada se constituirán en un estorbo insalvable, ineludible, espectral. Nos mirarán para mostrarnos lo que somos, y con gemidos silenciosos exigirán su redención. Aunque me pregunto si somos los responsables de haberlos crucificado. ¿Cuál es su pecado y cuáles son los nuestros? Si su existencia se debe al plan de Dios ¿éste mismo no exige también su salvación? ¿Qué haremos al respecto? ¿Defenderemos sus derechos con la misma apatía que permite gobernarnos a los corruptos y traidores? O bien, si es cierto que el hambre de los pobres nos alimenta y que su desnudez nos viste ¿haremos lo necesario para sentirnos dignos de ser sus hermanos? El tiempo es hoy, debemos sentarnos a su mesa o mejor aún, servirles con sencillez y humildad. Abracemos con amor a sus necesidades, curemos sus llagas, lavemos sus pies, donemos nuestra sangre para que su cáliz no permanezca vacío. Tengamos el valor de resistir y enfrentar a los tiranos. Arrojemos a los falsos profetas; para eso se nos ha regalado la vida y la historia, para soñar con el cielo que los pobres sueñan. Que el Padre bendiga a los pobres y a nosotros, cuando comprendamos que las espinas son nuestras.
































