Hace más de una semana fue el “banderazo” de Newell’s. Como siempre, en la esquina de mi casa, avenida Francia y San Juan, se juntan muchos hinchas a esperar el colectivo. De repente escucho gritos desesperados y golpes sordos. Salgo al balcón y veo, horrorizada, cómo un grupo de personas (por lo menos todos vestían camiseta del club) pateaban a alguien tirado en el piso, mientras una mujer pedía desesperada que lo dejaran, que lo iban a matar. Llamé al 911, me derivaron al Sies, no sabía cómo ayudar. No sé por qué molieron a golpes a ese chico, y no me importa el motivo, no es la manera. No pude mirar cómo mataban a alguien y no hacer nada, 10 minutos demoró la policía. Hay un sanatorio a 20 metros, pero ninguna enfermera, ningún doctor, nadie, se acercó a ayudar. Se ve que la vocación desinteresada ya no existe. No me gustó ver una patota matando a alguien, me dejó temblando. Pero tampoco me gustó ver que todos los profesionales de este sanatorio se olvidaron el corazón en su casa. ¿Qué carajo está pasando? ¿Esto es vivir? Hablo sin conocer a quién golpearon, sin saber por qué lo hicieron, sin reconocer a quienes lo hicieron, sin justificar a quienes miraron para otro lado. Hablo como alguien que adora esta ciudad, pero que tiene miedo de seguir viviendo acá, así. Hablo como alguien horrorizada, desilusionada, descorazonada.


































