Se habrá fijado usted, estimado lector, en que cuando una tiene algo muy apreciado, llega un momento en el que se acostumbra y ya ni el apunte le lleva. Sí, es así, con ciertos privilegios que forman parte de nuestras vidas. Tener teléfono, por ejemplo, ¿no es estupendo? Pero claro, hace tantos años que lo tenemos que ya ni pensamos en eso. Usted tiene teléfono, claro. Como yo. Qué suerte la nuestra. Yo tengo un aparato precioso, negro y plateado, al que cuido como si fuera oro en polvo. Está en el hall íntimo, en una mesita especial cubierta con una carpeta de pana verde oscura y al lado la libreta de los números de los teléfonos de parientes y amigos. Cuando quiera puede venir a verlo. Avíseme antes así lo lustro especialmente para que usted lo admire. No es que esté sucio u opaco, no, eso no, pero para ocasiones especiales le doy una repasada con un paño esponjoso y suave, no sea que se raye o que le quede una marca desagradable. Por suerte no hay necesidad de andar levantando el tubo ni toqueteándolo porque como no funciona no corre ningún peligro. Hace muchos meses funcionaba, y créame que era todo un problema. Cualquiera en la casa podía andar con el tubo pegado a la oreja y hablando a los gritos o riéndose y caminando de acá para allá con el consiguiente peligro para el aparato. Por suerte esa época se terminó allá por enero de este año y desde entonces estamos tranquilos y el teléfono luce reluciente y sereno en su mesa especial. Si usted me permite yo le sugeriría que lo llamara al dueño del teléfono, el señor Telecom, y le dijera que le corte el servicio para evitar preocupaciones y dolores de cabeza. Seguro que el señor Telecom le va a dar el gusto y usted va a poder seguir su vida tranquilamente como nosotros sin el temor de que en algún momento suene esa campanilla desagradable que le obliga a correr por la casa en busca de ese aparato de apariencia inocente pero que sin embargo termina por amargarle la vida. Como adorno está muy bien pero como mecanismo indiscreto, un desastre indeseable. Por suerte el señor Telecom es comprensivo y generoso, y se mantiene al margen de toda situación problemática. No se mete para nada en nuestras vidas, qué bien, usted ya habrá visto que aunque alguna gente lo llama y lo reclama una y otra vez, él hace oídos sordos o en todo caso contesta "sí, cómo no uno de estos días voy", pero no aparece nunca. De modo que sigamos nuestras vidas apacibles y si se le ocurre algún escenario agradable para su teléfono me avisa y yo le ayudo a elegir mesa, carpeta, un búcaro con flores, tapas coloridas para las libretas, en fin, todo eso que contribuye a la belleza del ambiente. Hasta pronto, mi estimado amigo.


































