"Me hizo endeudar y después me echó como un perro". Los policías de la seccional
de Oliveros habían llegado a la casa del profesor de historia Nelson Rosso, en Maipú al 300, luego
de que un hombre llamara por teléfono y anunciara que había cometido un crimen. Esa persona era el
subcomisario Alejandro Scalcione y la frase con la que intentó explicar lo que ocurrió aquella
madrugada de abril figura en el expediente judicial en el que fue procesado como autor de homicidio
calificado por alevosía.
La resolución fue dictada por el juez de Instrucción de San Lorenzo, Eduardo
Filocco, y ese delito prevé una condena a prisión perpetua. Para el magistrado, el oficial se
aprovechó del estado de indefensión de la víctima para ejecutarla. En esta etapa del proceso quedó
probado que Rosso recibió dos disparos cuando se encontraba recostado en su cama: uno de los
proyectiles dio en la parte posterior de la cabeza y otro en el tórax.
Madrugada trágica. El procesamiento es una resolución preliminar. Si llegara a
quedar firme —la defensa de Scalcione presentó una apelación (ver aparte)—, recién
entonces el subcomisario será sometido a juicio oral y público. Será el primer policial en ser
juzgado de esa forma tras la puesta en funcionamiento del nuevo Código Procesal Penal en la
provincia.
De acuerdo a la secuencia que reconstruyeron fuentes judiciales de lo ocurrido
la madrugada del 18 de abril, se presume que el docente recibió el primer balazo mientras estaba
acostado en la cama, boca abajo. Las pericias balísticas y los resultados de la autopsia
determinaron que esa herida no habría sido la mortal, a pesar de que la bala calibre 9 milímetros
escupida por el arma reglamentaria de Scalcione atravesó el cráneo de Rosso. Ese impacto habría
hecho que el docente se sacudiera y se diera vuelta en la cama, y tal vez hubiera intentado
incorporarse. El plomo fue hallado incrustado en la cabecera de la cama.
El segundo balazo fue en definitiva el que causó el deceso. El proyectil ingresó
por el pecho, lastimó la arteria aorta, atravesó un pulmón y se detuvo prácticamente a un milímetro
de salir del cuerpo. "Cuando el médico policial llegó para el examen de rigor, el cadáver estaba
sobre la cama, boca arriba. Cuando tuvieron que rotar para completar la revisión se descubrió la
punta de la bala asomando por la espalda, que no había alcanzado a salir", comentó a LaCapital una
fuente de la investigación.
En la cama. Las dos vainas fueron secuestradas. Una quedó sobre la cama y la
otra en el piso, debajo de una estufa. Cuando la policía de Oliveros llegó a la escena del crimen
no detectó huellas o signos de violencia en la casa que pudieran brindar indicios de que allí hubo
una discusión o pelea. "La víctima fue atacada cuando estaba en la cama. No había nada en el lugar
que indicara que el docente intentó resistir a una agresión. La bala que le dio en el pecho
atravesó el acolchado con el que estaba tapada, había rastros de pólvora en la cobija", manifestó
el vocero cercano al caso.
Al momento de prestar declaración indagatoria, Scalcione adujo que había tenido
una fuerte discusión con Rosso, pero que no podía recordar el momento en que extrajo su arma y
disparó. Según el expediente judicial, tras los disparos llamó por teléfono a la seccional del
pueblo, se identificó con su nombre y admitó que había matado a una persona. Los agentes locales se
encontraron con el homicida en un lógico estado de nerviosimo.
"Soy Alejandro Scalcione. Lo maté porque me hizo endeudar y después me echó como
un perro", fueron las palabras que escucharon los uniformados apenas llegaron a la casa de la
víctima.
La relación. Scalcione, de 42 años, y Rosso, de 61, se hicieron amigos unos ocho
meses antes del crimen cuando compartían el mismo ómnibus que los trasladaba hacia Rosario, donde
ambos trabajaban. El policía estaba a cargo del destacamento que funciona en el Hospital Clemente
Alvarez y el docente daba clases de historia en colegios como el San Francisco Solano y San
Patricio. También fue durante años el encargado de la biblioteca del Convento San Carlos.
La confianza hizo que el profesor le alquilara una parte de su casa para que
Scalcione atendiera pacientes, a los que asesoraba como psicólogo social en temas como
adolescencia, familia y a víctimas de accidentes de tránsito. El policía hizo llegar a este diario,
por intermedio de su abogado defensor, un conjunto de certificados que avalan sus conocimientos en
esa materia y para rechazar las sospechas sobre la validez de esa carrera.