Cuando se acerca una nueva conmemoración del 20 de Junio, recuerdo que en mi escuela, para las fiestas patrias, se engalanaba el escenario del patio con escarapelas y cintas azules y blancas. Completaban el ritual todos los grados correctamente formados; la abanderada (o el abanderado) y las escoltas al pie del mástil principal y la presencia de los padres. Entonces, el Himno Nacional, la marcha Aurora y el izamiento de nuestra enseña nacida en Rosario, ponían el matiz formal y emotivo en aquellos días en los que se conmemoraba la libertad, la creación de la Bandera o la Independencia. Después, se escuchaba a las maestras en sus discursos acerca de la significación patriótica del acto y a la infaltable compañerita de largas trenzas que recitaba su misma poesía alusiva de siempre, con típica y exagerada entonación. Hasta que llegaba el número central: el de los bailes nativos. Chicas y chicos vestidos con ropa de paisanas y de gauchos, bailaban zambas, gatos, cuecas y chacareras, como también el cuándo, la condición, los amores o el Pericón. Y en el momento más esperado, una desenvuelta parejita bailaba la firmeza; quizá la más simpática de nuestras danzas tradicionales, en la que los bailarines van cumpliendo con gracia los distintos movimientos coreográficos. La firmeza, esa que en el estribillo dice: "¡Ay no, no, no, no!, que me da vergüenza, tápate la cara que te doy licencia". Por eso, cuando en los días patrios escucho los acordes del Himno Nacional, me moja el alma la llovizna sutil del pasado renacido; el que evoca un revuelo de impecables guardapolvos blancos que a partir del toque de campana, se iban ordenando hasta quedar prolijamente alineados ante la mirada atenta y orgullosa de las maestras, allí, frente al escenario vestido de 25 de Mayo, de 20 de Junio o de 9 de Julio.





































