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“Quiero que Cristina me mire a los ojos y me pida disculpas por la muerte de mi marido”

Llevaban once años juntos cuando él murió en un terrible accidente vial. Mareco era gendarme y su vida se apagó en una ruta de Chubut hace dos años en un accidente.

Domingo 29 de Junio de 2014

Genoveva Nuñez cuenta que le cuesta recordar cuántos años tiene. Para hacerlo debe pensar en cuántos tendría Hector Mareco (así, sin tilde: Hector) si estuviese vivo. Se habían conocido en 2001 y se enamoraron a primera vista. Llevaban 11 años juntos cuando él murió en un terrible accidente vial. Mareco era gendarme y su vida se apagó en una ruta de Chubut hace dos años. Si esa tragedia no hubiese ocurrido él tendría ahora 46 años, así que ella calcula y dice: “Entonces yo tengo 45”.

Mareco es uno de los nueve efectivos de la Gendarmería que perdieron la vida en un choque entre dos colectivos y un camión el 26 de junio de 2012. Fue en el kilómetro 1338 de la ruta 3, unos 70 kilómetros al norte de Puerto Madryn. En el accidente también murieron los dos choferes del colectivo y el conductor del camión. Cuarenta y ocho gendarmes resultaron heridos, muchos de gravedad. Algunos quedarán con secuelas de por vida.

Nuñez recuerda con angustia el llamado telefónico que recibió aquella mañana. “Prendé la tele, que hubo un accidente con gendarmes en el sur”, le avisaron. Era su mamá, que se había enterado a través de un noticiero. Encendió el televisor, pero enseguida lo apagó y prefirió obedecer a un impulso: empezó a llamar una y otra vez al teléfono de su marido.

Nadie respondió y a ella la invadió la incertidumbre. La peor noticia se la dio su hermano unas tres horas después: la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, había dado por televisión la identidad de los gendarmes fallecidos. En la lista figuraba el de su marido.

Mareco había nacido en Comandante Fontana, en Formosa. En 1991, cuando egresó como gendarme, lo destinaron al Destacamento Móvil 2 de Rosario. Nunca más se fue de la ciudad, salvo cuando la fuerza lo movilizaba hacia algún sitio para un operativo.

Nuñez lo conoció en 2001. Ella había abandonado la carrera de arquitectura en la UNR, pero no quería perder las materias aprobadas y los conocimientos adquiridos. Decidió que sería técnica constructora y se anotó en un instituto. El estudiaba lo mismo. Se fueron a vivir juntos al mes de haberse visto por primera vez. Dos años después nació Joaquina.

Cuando Mareco murió llevaban semanas sin verse. La presidenta de la Nación había ordenado que la Gendarmería patrullara sectores calientes del Gran Buenos Aires y la fuerza movilizó a unos 600 efectivos del Destacamento Móvil de Rosario. Los gendarmes volvían a la ciudad una vez por mes, estaban con sus familias unas pocas horas y enseguida regresaban a los operativos en las villas del conurbano.

El 24 de junio Cristina los envió más lejos. Un grupo de trabajadores petroleros había bloqueado el acceso al yacimiento petrolífero del cerro Dragón y había un escenario de conflicto. Los transportaron en un avión militar Hércules, pero tres días después la orden fue que volvieran a Buenos Aires. Como el avión ya no estaba disponible, la orden del jefe de la fuerza, Héctor Schenone, fue que regresaran en micro. En eso estaba cuando un camión se cruzó en el camino de los micros en los que viajaban, cansados y con enormes deseos de abrazar a sus familiares. El choque fue alrededor de las 6.30 de la mañana, a cientos de kilómetros de su destino.

Para Nuñez, igual que para los familiares de las otras víctimas, comenzaron días difíciles. Al dolor de la pérdida de sus seres queridos se le sumó una infinidad de trámites y reclamos. Algunos tenían un contenido más simbólico, como el pedido para que Cristina los recibiera, y otros mucho más concreto. Por ejemplo, que la Gendarmería pagara los adicionales que los efectivos ya habían trabajado en el conurbano bonaerense, y que no habían sido abonados antes del accidente que les cobró la vida.

“Tuve que armar un grupo de viudas y pelearla. Hice grullas y las puse donde pude. Pedí audiencias, toqué puertas y levanté la voz más de una vez”, cuenta. Aun así, sigue pendiente su deseo de un encuentro cara a cara con Cristina. “No sé por qué no quiere recibirnos, nunca me lo explicaron”, reflexiona Genoveva.

—¿Para qué quiere que la reciba?

—Quiero que me mire a los ojos y me pida disculpas.

—¿Disculpas por qué?

—Por haber llevado a mi marido y sus camaradas al sur para nada, por haberlos puesto en mano de ineptos y por no haberlos cuidado.

Dos años después, el dolor empieza a ceder y de a poco le deja paso al homenaje. “Tengo que pensar en Joaquina y seguir adelante. Por suerte ella está bien. Una vez fuimos a ver dónde murió su papá y eso la ayudó. Pronto iremos otra vez”, cuenta Genoveva. Eso será el 11 de julio y lo que hará esta vez será pintar estrellas amarillas sobre el asfalto, en el lugar del accidente, algo que ya hizo frente al Destacamento Móvil 2. “Es mi forma de homenajear a Hector, tratar de que la gente tome conciencia sobre los accidentes”, explica.

Dice que con Hector se sintió una reina y su hija una princesa, pero sabe que eso quedó en el pasado. Aun así, sus heridas comienzan a cicatrizar. “Por mi lucha para que lo reconozcan a él y a los que murieron con él, porque creo en Dios y por Joaquina”. También por un cambio de actitud de la fuerza a la que pertenecía su marido, que según ella recién ahora empieza a reconocer a los hombres que dejaron la vida en esa remota ruta de la Patagonia. “Ellos no merecían muchas de las cosas que pasaron después del accidente, pero ahora las cosas empiezan a cambiar”, afirma la viuda de Mareco.

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