Si había un juego preferido en mi infancia, era ¿quién le saca la cola al lobo? Allí se ponía de manifiesto mezclas de técnicas como rapidez, viveza, picardía, astucia... y si al volver a sentarnos en la vereda de mi barrio se evaluaba quién había ganado los corredores o el lobo, casi siempre ganaba el lobo. Porque este puesto para llevar la cola era para el más veloz del grupo de amigos, pues la características del lobo eran correr de un lado al otro, para que nadie lo atrape. El lobo daba terror. Apenas me lo nombraban ya me hacía acordar al que comió a la abuela de caperucita. En la actualidad está el lobo más vivo que nunca y no deja nada ni nadie a su paso, que infunde terror y dolor. Pero el problema no está en el lobo, sino en quien o quienes le sacan la cola. Leo, escucho, que múltiples jugadores con distintas estrategias, creo que dijeron unos 8 mil, están trabajando en los barrios para tratar de arrancar esa cola larga. Yo en mi barrio La Tablada no veo ni un sólo jugador que me invite a jugar. Tan larga es la cola que ya ha dejado casi 200 homicidios, decenas de bunker, cientos de cocinas, robos, suicidios, balaceras a cifras casi espantosas. Que alguien diga que no sabe como actúa este lobo en cada barrio es seguro y de eso no hay dudas. Que el Estado nacional, provincial o municipal dan de comer ricos manjares a este lobo es un certeza. ¿Pero seguimos tratando de jugar a este juego, lo cambiamos por otro, o dejamos de jugar como lo ha hecho “nuestra infancia”, que hoy está viendo que este lobo cada vez es más destructor, poderoso y es lo que ellos quisieran ser porque estar cerca de él, te da poder? Y si, tiene la oreja, la boca, los ojos más grandes y con esos sentidos bien “afilados” sabe que nadie le podrá sacar la cola. Porque esta cola no se saca diciendo que hay muchos jugadores corriendo detrás de él y menos si estos jugadores en vez de correr para arrancar le agregan más tela a esa cola larga, larga.

































