El 7 de mayo pasado sufrí el incendio casi total de mi negocio, perdiendo todo lo que había en él y con ello nuestro esfuerzo de años. Sin seguro contra este tipo de siniestros, nuestra desolación era total y caímos tan profunda económica y espiritualmente que apenas podíamos llorar. La gente de barrio Belgrano (lugar donde funcionaba el comercio) se acercó en el acto para ayudar a sacar las cosas destruidas del local y nos prometían que iban a hacer algo para que podamos recuperar todo lo perdido y así seguir trabajando. Agradecidos por la buena intención, resolvimos con mi mujer evaluar los daños para saber el tiempo y dinero que nos haría falta para recomenzar y una vez realizado el relevamiento conversamos seriamente la posibilidad de abandonar todo ya que estaba muy lejos de nuestras posibilidades. Pero sin mediar siquiera horas, algunos "ángeles" del barrio comenzaron a moverse, sacando tiempo (moneda más que valiosa en estos días) de sus propios trabajos y recorrían manzanas enteras hablando con gente, comercios e industrias. Hasta un amigo de la dueña del local apareció milagrosamente en el lugar con gente experimentada, materiales, herramientas. Los comercios del barrio se acercaban para darme dinero, pintura, recursos humanos. Y todo el tiempo se acercaban para ver si necesitaba algo o si podían ayudar. No importaban los fines de semana, la siesta, el fútbol, nada. Ni siquiera importaba si me conocían ya que tuve varios extraños ofreciéndome dinero, tiempo y trabajo. La gente y su infinita solidaridad nos conmovieron como nunca en nuestras vidas y las lágrimas que ayer eran de dolor, impotencia y depresión, se triplicaron pero esta vez de alegría y gratitud. Y esta aplastante ola de amor que nos invadió, terminó en una cena a beneficio donde concurrieron cerca de 450 personas (todo organizado a nuestras espaldas), todos por darnos una mano. Y los comercios y la gente donaron cientos de regalos que fueron sorteados o tortas que fueron vendidas, todas para darnos una mano. Pido perdón si estoy siendo extenso y es por esto que me resulta imposible nombrar a cada comercio, cada persona, cada institución que en mayor o menor medida aportó su grano de amor para que nosotros podamos seguir adelante junto a mi mujer y mis hijas. Cada uno sabe. Y además de ni siquiera conocer a gente que ha ayudado desinteresadamente, no me alcanzaría la página del diario para nombrarlos a todos y seguro que así y todo se me olvida alguien. Hace una semana, para nosotros Jesús tuvo mil caras y dos mil brazos que trabajaron por nosotros sólo por amor. Y es pura y exclusivamente por ellos que, Dios mediante, nuestro negocio está pronto a reabrir. Gracias infinitas a todos y luego de esta experiencia mística (donde hasta hubo sacerdotes ayudando con alegría) estamos convencidos de que no todo está perdido, que es posible un mundo mejor y que dentro de tantas malas, hay buenas que te pueden sorprender. Gracias por contagiarnos de ese amor que a partir de ahora y para siempre ha cambiado nuestras mentes, nuestras conductas, nuestras prioridades y -en definitiva- toda nuestra vida.



































