
Durante el transcurso de la última dictadura militar argentina, nosotros, la mayoría del pueblo trabajador, un tanto ajeno al devenir de los hechos, adquirimos una postura singular, casi un acuerdo tácito: “No nos metimos, dejamos hacer”. Sabíamos que desaparecían jóvenes por doquier, los medios no lo informaban, pero ellos desaparecían “misteriosamente” cada día. Algunas voces hipócritas llegaban a alentar un: “Por algo será”. Los más, sufríamos a escondidas. Transcurría el reinado del miedo. Probablemente hoy, girando la mirada a ese pasado, muchos nos descubramos arrepentidos. De nada sirve. Es tarde. Pero no es tarde para estos nuevos desaparecidos que engrosan filas desde hace alrededor de una década y ya no bajo un régimen dictatorial, sino en amplio ejercicio de la democracia. Son los que desaparecen en las sucesivas inundaciones, en los accidentes en las rutas, como consecuencia de las drogas o el alcohol, en trenes en malas condiciones, a la salida de las canchas de fútbol o los boliches, los que mueren por falta de prevención de algunas enfermedades, los que ajustan cuentas o simplemente dejan de existir por un callejero robo de zapatillas o cartera. ¿Alguien lleva una estadística? ¿Y? ¿Qué hacemos? ¿Nuevamente no nos metemos, dejamos hacer, total estas cosas siempre le suceden a los otros? Me encanta la democracia ya que enarbola la Constitución argentina plagada de derechos humanos y apoyándonos en ella cada uno de nosotros puede modificar actitudes. ¡Exijamos a los gobernantes el cumplimiento de las reglas, para ello los hemos elegido! ¡Sumémosles voluntades! ¡Basta de desaparecidos! ¡Vamos compatriotas, no repitamos errores, aprendamos a usar la democracia en paz!
Edith Michelotti
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