Cuando allá por el año 1991 este diario publicó mi artículo "La contaminación visual, un concepto poco frecuentado", el título estaba justificado. Afortunadamente hoy la sensibilidad y el consecuente accionar de los arquitectos que integran el plantel municipal hace casi innecesario insistir sobre el tema, especialmente referido a la agresiva intromisión de la publicidad gráfica (carteles, banderolas) en el ámbito urbano. Sin embargo, en estos días es observable la proliferación de sofisticada cartelería a lo largo de todo el paseo ribereño. Estos carteles, con imágenes móviles e iluminadas, son similares a los existentes en las nuevas paradas de ómnibus, donde por otra parte esperábamos planos de la ciudad y su transporte, referencias a sus atractivos culturales y turísticos o cualquier otro mensaje de utilidad pública. Debo hacer notar que, sabiamente, toda publicidad en parques o plazas está específicamente prohibida por los artículos 19° y 21° de la ordenanza municipal 8324/2008. La visibilidad y costo de estos artefactos no dejan presumir que falte algún tipo de permiso. Ahora bien, nos debemos preguntar si esa múltiple presencia ¿beneficia al paisaje, mejora la calidad del entorno, refuerza notablemente el erario municipal, brinda algún servicio al paseante, o favorece a algún funcionario? No apoyamos ninguna de estas tesis, por lo que esperamos una pronta acción correctiva, en resguardo de la integridad de nuestro recorrido paisajístico-turístico por excelencia.


































