Seguimos gastando infinitamente más de lo que recogemos. A pesar del acrecentamiento de los impuestos y de haber puesto en marcha la máquina de emitir dinero, aún queda en descubierto un déficit que falta cubrir. El Poder Ejecutivo cree que reducir los gastos e inversiones significaría frenar la reactivación económica. Y algo no menos grave: desencadenar perturbaciones de carácter social por el aumento del desempleo. Pero, ¿no era que el Estado no crea riqueza, sino que a lo sumo devuelve a la circulación la riqueza que antes ha substraído? Un empleado público que queda sin empleo oficial es un par de brazos que se reconquista para producir riquezas, para aumentar los bienes que puede consumir el pueblo. Los impuestos son el precio de la civilización en la sociedad moderna. Es decir, lo que el ciudadano paga al Estado para que éste, a cambio, promueva, en beneficio de todos, progreso, bienestar, cultura, seguridad y resguardo social desde la cuna a la ancianidad. ¿Qué da el sistema impositivo argentino que se acerque al sentido de la civilización? ¿Hospitales modernos? ¿Algo que se parezca a la solución del problema de la vivienda? ¿Real atención de la niñez desvalida? ¿Libros gratuitos a los estudiantes? ¿Medicamentos al alcance del pueblo? ¿Servicios de salud mental adecuados? ¿Atención a la ancianidad? ¿Más y mejores escuelas? Los impuestos van por un lado. Los problemas por otro. Los impuestos pueden ser altos, pero justos, no solo por lo que deben dar en retribución, sino por su espíritu, por la evidencia de que cada impuesto que se paga es una obligación moral que contrae el Estado con quien colabora en la defensa de la comunidad, en el perfeccionamiento de un estilo de vida mejor y más feliz. En ese aspecto, nuestros impuestos, avaros en la retribución, fruto de la improvisación, de los vaivenes económicos, cuando no de las aventuras políticas, están entre los más caros del mundo. Entre los más burlados del mundo. El argentino, en general, engaña al Estado porque entiende que el Estado, a su vez, engaña al contribuyente al usar su dinero al margen de las verdaderas necesidades y problemas del país. El día que el contribuyente compruebe que su dinero rinde bienestar, será tan honesto como el de cualquier otra parte. El contribuyente defrauda al fisco porque se resiste a seguir engordando a la burocracia. Mientras tanto, los roedores siguen devorando las arcas impositivas.































