Quería escribir una carta de lectores hace días, y no podía decidir el motivo hasta que el 22 de enero cuando me subí a un taxi pasé un mal momento. Salí de trabajar, estaba muy cansada como para tomarme un colectivo, entonces decidí irme en taxi. Paré a un móvil, le dije hacia donde quería ir, y arrancó. Mientras iba en marcha, me empezó a hacer preguntas. Me pareció normal, ya que muchos taxistas hablan por demás, entonces iba tranquila. Hasta que una de sus preguntas fue “¿tenés hambre?”, y le respondí: “Si, un poco, no se”... Luego respondió: “Yo acá no tengo nada, pero me tenés a mí”. No podía creer lo que me estaba diciendo, sonreí y no emití ni una palabra. Al rato, empezó de nuevo a hacerme preguntas como por ejemplo: de qué trabajaba, cuánto ganaba mensualmente, si me gustaba tomar bebidas alcohólicas. Por dentro pensaba... ¿cómo puede ser que este hombre sea taxista? Por suerte tengo una familia que me mantiene al tanto de la realidad que se vive hoy en día y de la cantidad de delincuentes que se encuentran en la calle. Llegue a mi domicilio, le pedí que me diera el ticket, para luego hacer la denuncia, y no me lo quiso hacer. Si no hubiese tenido los recaudos que tuve, este hombre se podría haber aprovechado de mí, o haberme sacado información. No tenemos que vivir con miedo, pero sí tener precaución y ser alarmistas a cada momento que se nos presente en la vida. Hay que estar atentos.
































