Se dice por lo general que no deberían politizarse las tragedias. Depende. Vivimos en una atmósfera política y por supuesto lo que no debe politizarse son las víctimas. El crecimiento de Rosario de los últimos 10 años ha sido, y es, anárquico. Soja de por medio se han reproducido horizontales en cualquier hueco baldío o de casas viejas derrumbadas como nunca y en los mismos dudosas instalaciones de servicios. Este edificio siniestrado no era nuevo pero a su alrededor todo el microcentro y costanera es una caos de torres impresionante. Vivir en ese núcleo de Rosario o transitar por sus arterias genera estrés e histeria colectiva. Se podría pensar con agrado que en materia de ocupación estamos asistiendo a un ciclo muy favorable. Pero el trabajo si no va condicionado a través de un orden arquitectónico en ciudades que como ésta se desarrollan “a la buena de Dios” da como resultado un amontonamiento de materiales de construcción, no pocas veces de mala calidad, dudosas inspecciones, pésima dirección técnica y numerosos accidentes laborables. ¿Qué pudo haber ocurrido en este aciago desastre?, todavía es temprano para saberlo. De hecho la solidaridad estuvo a la altura de una sociedad sensible con el vecino. Se han perdido vidas jóvenes y eso da mucha bronca. Entonces, ahí es donde la política debe meterse a fondo, no para la crítica electoralera fácil sino para crear y aplicar proyectos que terminen con el desorden, la ineficiencia y la especulación. Políticas que también alcancen para regular a los medios que confunden la opinión pública, la justicia por no sancionar y las empresas por no fijar metodologías y controles que brinden absoluta seguridad a los ciudadanos y usuarios de servicios.
































