Esta carta está dedicada al señor Miguel Pomponio, y a aquellos que, como él, se oponen con marcada tenacidad a todo lo que tenga un cierto aroma a cultura, argumentando otras prioridades. Les recuerdo que aún en situaciones de catástrofe nacional las actividades culturales han sido motivo, en ciertas ocasiones, de interés y preocupación por parte de los gobernantes. Baste recordar lo sucedido durante los bombardeos aéreos a la ciudad de Londres en la Segunda Guerra Mundial, donde las actividades culturales no solo continuaron su curso, sino que las autoridades consideraron necesario incrementarlas. Los hoy célebres "Promenade Concerts" (conciertos populares de obras clásicas) se realizaban bajo fuego enemigo, y si de prioridades hablamos, no son necesarios grandes esfuerzos intelectuales para llegar a la conclusión que las había muy importantes, muchas y de las más variadas categorías: incendios y destrucción de gran parte de la ciudad, muertos, heridos, escasez de alimentos y de combustibles, etcétera. Siguiendo con las dichosas prioridades vale la pena recordar también aquí las actividades artísticas llevadas a cabo en los campos de concentración nazis. El coro de los así llamados "Moorsoldaten" (Soldados del Pantano) del Campo de Börgermoor, vale como ejemplo concreto. También nos sirven como ilustración las actividades a que hacemos referencia, desarrolladas durante la citada guerra en campos de prisioneros, tanto civiles como militares. Vemos que los argumentos de quienes se oponen al Puerto de la Música, que debiera ser orgullo de los rosarinos, son en su totalidad inconducentes y tienen, por otra parte, también un particular tufillo: el de una tristemente conocida tendencia vernácula: la politiquería.


































