Hoy, ya consumado el cuarto descenso de Rosario Central, no puedo explicar la tristeza de mi alma y corazón. Rosario Central era un enfermo terminal conectado a un respirador. Esto no es de ahora, no sirve de nada buscar culpables, pero está claro que jugadores, cuerpo técnico y dirigentes no estuvieron a la altura de la historia. Se vivía más por errores ajenos que por méritos propios. El enfermo se desconectaría en algún momento. El desmanejo institucional, la desprolijidad dirigencial, la falta de respeto a los hinchas, la tozudez, serían la moneda corriente en estos últimos seis años. La negativa de formar un equipo competitivo y la venta indiscriminada de jugadores sin traer a nadie de peso fueron demasiados errores. Lo que más bronca me da es que no aprendimos del pasado, que debemos estar unidos. Para salir campeón se debe tener un proyecto serio a largo plazo, se debe tener dirigentes idóneos, jugadores profesionales y comprometidos, cuerpo técnico rico en experiencias y ganador. Hoy lloran Poy, Palma, Kempes, Olmedo, El Che, Fontanarrosa. Este Gigante se cayó pero volverá a levantarse cuando estemos todos unidos, para que el
“pasado glorioso” cambie a “presente glorioso”.



































