De "milagro" se inunda Santa Fe y sólo mueren 23. De "milagro" vuelca un ómnibus
y sólo mueren cuatro. De "milagro" hay un choque en cadena por el humo en la autopista y sólo
mueren seis. De "milagro" un nene toba que anda pidiendo por la peatonal toca una caja de la EPE y
sólo termina quemado. De "milagro" llueven 88 milímetros con viento y mueren ocho. De "milagro" una
casa se desploma como un castillo de naipes por una obra lindera y sus habitantes no estaban
adentro.
¿Saben qué? No quiero más de esos "milagros", porque para los que se murieron,
para los que seguiremos muriendo, para los que quedan vivos pero destrozados por esas muertes, para
los que sobreviven surcados por cicatrices en el cuerpo y en el alma, para los que perdieron todo,
para ellos, esos no son milagros.
Claro, cuando uno recuerda que las villas miseria de la ciudad están surcadas
por manojos de cables enganchados de la peor manera para tener luz, es casi lógico creer en los
milagros si no se muere gente electrocutada como moscas todos los días (a propósito, ¿no sería
mejor regularizar las instalaciones y no cobrar ese servicio sin más?).
Y si los responsables de las obras en construcción hacen malos cálculos, o
compran madera verde para los encofrados, o no respetan las mínimas normas de seguridad,
seguramente es un milagro que sólo se hayan muerto diez albañiles en Rosario el año pasado.
¿Sigo? No, ¿no?, mejor no, que ya lo estoy deprimiendo. Pero la lista,
cualquiera lo sabe, sería muuucho, pero muuucho más larga. Y lo peor es que todos nos rasgamos las
vestiduras. Porque el que hace las cosas mal, siempre, es el otro. Uno no...
¿Quieren que les diga? Acá lo que aparece como un milagro es sencillamente que
algo no se haga taaan mal, con taaanta impunidad, como para causarle la muerte a otros.
Y uno, mal que le pese criado bajo algún tipo de catecismo, esperaría más de los
milagros. No sé, al menos una aparición, un mensaje profético, la multiplicación de los panes, la
resurrección de los muertos, que el mundo fuera más justo, que el castigo cayera sobre los malos,
que los niños no se murieran, que el cáncer se retirara, que la piedad (¿amiga espiritual de los
milagros?) fuera un sentimiento un poco más popular.
Cada quien sabrá qué milagros desearía se le cumplieran. Pero, en lo que me
toca, prefiero menos milagros. A lo mejor con que se hagan mejor las cosas no sean tan necesarios.
O, si lo son, que traigan otros frutos. Preferentemente, maná.