El humor social que acompañó al gobierno de Cristina durante sus dos primeros años de gestión ha desaparecido. El encono del orden conservador hacia el gobierno nacional y popular (que alcanzó su máximo esplendor en julio de 2008) ha quedado reducido a escombros. El escenario posterior a la ajustada derrota del oficialismo en junio de 2009, cuando muchos apostaban por la renuncia de la presidenta, ha pasado a la historia. El nuevo escenario comenzó a plasmarse con posterioridad a la asunción de los nuevos legisladores quienes demostraron poseer una increíble incapacidad para enhebrar una fuerza de oposición seria y responsable en el Parlamento. Las primeras sesiones de este año rozaron el ridículo. Un ex presidente que supo gozar de la suma del poder sacó provecho de la ceguera opositora y durante un tiempo pasó a ocupar el centro del cuadrilátero. Ante el asombro de una sociedad que en ese momento estaba convencida del fin del kirchnerismo, Cristina comenzó lentamente a recuperarse favorecida por un arco opositor maniatado por los celos y la desconfianza. Los festejos del Bicentenario marcaron un punto de inflexión. La multitud que durante cuatro días consecutivos celebró lo que estaba aconteciendo en la 9 de Julio no hizo más que afianzar la sensación de que un nuevo escenario político se había instalado en el país. El desamparo presidencial posterior al desenlace del conflicto con las patronales agropecuarias fue reemplazado por una euforia que se coronó en el ya histórico baile de la presidenta en el palco oficial en la culminación del festejo del Bicentenario. El malhumor y la crispación fueron sepultados por el optimismo y la confianza. Como si la providencia hubiera decidido favorecer al gobierno nacional y popular, el magnífico desempeño de la selección en Sudáfrica no hace más que fortalecer la autoestima popular. Como lo más probable es que el equipo se corone campeón del mundo, Cristina ya debe estar planificando la puesta en escena: un Maradona y unos jugadores eufóricos celebrando en el histórico balcón frente al delirio de la multitud, como en 1986. Con semejante envión anímico la continuidad en el poder en 2011 habrá dejado de ser una misión imposible.


































