El pasado sábado 16 de agosto me fue publicada una carta de lectores en este diario, bajo el título "Mala atención en un sanatorio". La misma culminaba con mi deseo de que algún directivo del sanatorio leyera la nota y reflexionara sobre la posibilidad de que se les pueda morir un paciente esperando a ser atendido. Ante mi sorpresa, hace unos días (el miércoles 20 de agosto) recibí un llamado telefónico de la señora Anabel, de la administración del Sanatorio Los Arroyos, no me detuve a preguntar su cargo porque no se me ocurrió, y ni creo que hubiera sido lo más importante en este caso. Lo realmente destacable es que se hayan tomado el tiempo para llamarme, ofrecerme explicaciones y ponerse a disposición para lo que necesitara. Algo muy poco común en esta época, por cierto. Durante la charla reflexioné que si hubiera estado más tranquilo, (cosa que era poco probable ante la posibilidad de que mi hija sufriera de apendicitis), y me hubiera dirigido a la administración o algún superior, probablemente hubiera sido atendido como corresponde, cosa que, nobleza obliga, ocurrió en anteriores oportunidades. Esto se lo hice saber a la señora Anabel, al tiempo que le expresé mi alegría ante su llamado, incluso le manifesté que había pensado no atenderme más en dicho sanatorio, pero que su accionar me hizo empezar el día con otra perspectiva. Este tipo de actitudes hacen que uno vuelva a creer en el prójimo y nos da la esperanza de que no todo está perdido.





































