Como vecina de Rosario, el jueves 13 de septiembre, abrí mi placar, me vestí con sencillez y elegancia pensando en el encuentro con mucha gente con sentimientos comunes a los míos. Cargué mis angustias y salí a la calle, más precisamente me dirigí al Monumento a la Bandera, a sumar mi disconformidad, mis miedos, mis incertidumbres. Tengo nietos y no me gusta su presente y me atormenta su futuro que por pertenecer a la clase media no encaja en programas de gobierno. Tengo compañero, y no me gusta que cobre una jubilación tan magra que altera su dignidad y lo obliga a trabajar por su sustento. He dejado de usar cartera porque me robaron muchas veces, y si por suerte no he perdido en un atraco a ningún miembro de mi familia, no puedo dejar de ver el llanto de mis vecinos. No me cuentan las cosas por televisión, a la que cada vez veo menos porque no hay risas, ni motivo de sonrisas. Sólo mujeres que han perdido su sendero, y canales enemigos que se agreden y que crean entre argentinos un veneno. Y me fui a pedir por todo eso. Libertad. Paz. Progreso. Haciendo ruido pensé que los responsables escucharían. Me pareció una sencilla forma de protesta. Pero encontré carteles agresivos, dejo en claro que no me sumo a ellos. La presidenta debe ser tratada con respeto, representa la democracia que tanto queremos. Mi deseo es que escuchara estos reclamos, porque el pueblo está sufriendo. En sus discursos no se hace cargo de eso. Puede ser que el ruido la despierte. ¿Y qué encontré al día siguiente del encuentro? Que el número de personas que mostrábamos nuestra preocupación en todo el país éramos pocos, que las estadísticas no cerraban, que las mujeres que protestaban eran "paquetas" (yo no soy paqueta, y si lo fuera ¿no soy pueblo?) que en el año tal, una cosa, y en el otro, la otra. Y bla, bla, bla, de políticos, historiadores, gobernantes. Señora presidenta: Por favor, necesitamos escucharla, ¿usted qué opina de esto?
































