Escribo en respuesta a la carta titulada "La pobreza lacera el alma", publicada en La Capital el 8 de junio, donde hace referencia a que las instalaciones del ex Batallón 121 se encuentran en estado de abandono y que sería un buen lugar para albergar niños sin hogar. Quiero agregar que no sólo lacera el alma, sino que a nadie le importa. Muchos edificios se abandonan, otros los destruyen, y algunos se van inutilizando por desidia de los políticos que sólo invierten su mente para ganancias personales o para votos. Muchas son las ONGs que no tienen un espacio para trabajar solidariamente con niños o con abuelos que no sólo sufren la falta de alimento sino que también no tienen amor y muchas veces un techo. Estos niños son usados, en su mayoría, para que sus padres cobren subsidios y de esta forma van perdiendo la dignidad que nos brinda el trabajo y lo que genera ganarse el pan. El predio del ex Batallón 121 sería un lugar maravilloso para que juntos se unan distintas ONGs y puedan desarrollar unidos distintas actividades para el bien de estos niños abandonados y muchos con alto grado de desnutrición. Ningún gobierno recuerda el decreto de Simón Bolívar (es más, creo que ni lo conocen) porque ellos saben que los niños son sin voz, no votan y por ende "no importan". El gobierno de hace unos años destruyó en Rosario el Hogar del Huérfano donde eran cobijados niños abandonados, o con problemas judiciales y eran alimentados, cuidados y por mucha gente que los visitaba, permanentemente mimados. Fue más simple y menos complejo cerrar que investigar y corregir. La gran estructura del ex Batallón 121 sería una revancha de este gobierno socialista y enmendar el daño y el abandono del cierre del Hogar del Huérfano. Sería un lugar para estos niños y también para los abuelos que están en estado de abandono, también que yo los llamo simplemente los sin voz y los sin votos. Creo que es hora de colaborar con los gobiernos para que aprendan a gobernar conociendo las necesidades de la gente, con nuestra ayuda, ya que muchas veces con su accionar no cometen errores sino horrores, como según cuenta la historia Simón Bolívar, quien fue un niño que su mamá lo abandonó al nacer y de allí, al tener que habitar en un hogar para expósitos, supo del dolor y por ello su maravilloso decreto. No aprendamos con y por el dolor.





































