Los justos se han indignado por la barbarie de los pateadores de turno, y han dictaminado que lo ecuánime hubiese sido entregar al muchacho golpeado en barrio Azcuénaga a las fuerzas del orden para someterlo a un proceso legal, que se estima, decantaría en su encarcelamiento. Encarcelamiento, he allí la paradoja, indigna la barbarie pero en un acto de prestidigitación lógica invocamos "encarcelamiento". El linchamiento de David Daniel Moreira, es el tipo de acontecimiento que dispara un doble efecto: obliga a la reflexión y, consecuentemente, permite reconocer la verdadera ideología, creencias o proposiciones de la gente que nos rodea. El tradicional derroche de creatividad fascista: "un negro menos", "gran trabajo en equipo", "legítima defensa", pudo relevarse en muros virtuales y mesas de bar. No son pocos los que, obligados por el olor rancio de estas expresiones, han cambiado de mesa y filtrado listas de "amigos". Cabe decir entonces que esta interpelación sólo va dirigida a esa porción de la sociedad que ha sabido reaccionar en contra de este episodio; a la porción restante se la dispensa a fin de evitarnos manifestaciones propias de un sentido común medieval. A pesar de la necesidad de disimulo, todos sabemos que las penas legales, para el tipo de delito que aparentemente cometió David, no se reservan a la suspensión de derechos. La punición penitenciaria en Argentina no sólo se trata del sometimiento a un sistema de coacción y privación, de obligaciones y prohibiciones, sino también al sometimiento del dolor físico. Las constantes riñas entre presidiarios, violaciones, hacinamiento, las condiciones infrahumanas de subsistencia, las extorsiones derivadas en cuasi esclavización, son sólo algunos de los parámetros que lo establecen. La moral del castigo "legal" y vigente ha pasado entonces a ser oculta y avergonzante (y por avergonzante oculta), constituyéndose en un sistema de punición de doble estándar: supresión de derechos, sumado a un juego de suplicios físicos y psicológicos desbocados que tienen vida a la sombra de los muros penitenciarios, manteniendo así los niveles necesarios de invisibilidad y silencio. Entonces, pregunto a quienes hemos reaccionado indignadamente en contra del brutal y salvaje castigo físico de David: ¿no debería sublevarnos de igual forma la realidad corriente de torturas, de barbarie, de tormentos psicofísicos que laten en el interior de las cárceles? ¿O acaso David no hubiese terminado allí, potencialmente golpeado, punzado, violado, enfermado, esclavizado en la clandestinidad de alguna celda? Quienes repugnamos estos linchamientos pero hemos recetado, a primeras, enjuiciamiento y cárcel, quizá sólo estemos procurando canjear para ocultar la obscenidad de esa barbarie de vereda, la de nuestros pares que no podremos dejar de ver, quizá sólo estemos intentando licenciar a nuestra sociedad libre de la misma ejecución bestial que, luego de invocados, librarán los desfigurados aparatos del Estado, telón adentro.


































