Domingo lluvioso en Rosario. La sensación de angustia después de leer el artículo que comentaré en esta carta arruinó la hermosa tarde que estaba pasando con mi familia. Como diría el tango "Garúa": "Estaba tan triste que hasta el cielo se puso a llorar". Y sí, el cielo lloró ese domingo, lloré yo también, pero más lloran los elefantes de Kenya. Lloran con dolor e intensidad, por el martirio que seres diabólicos, que simplemente por unos pocos dólares asesinan con una crueldad infame a estos puros y hermosos animales que, de continuar esta situación sangrienta e injusta, para el 2025, los paquidermos serán sólo una fotografía en los libros de biología, porque se extinguirán. Kenya 2014: nuestro compatriota el doctor Nicolás Davio cuenta en la revista R del diario La Nación del domingo 9 de marzo este relato desgarrador, cito textual: "Los elefantes que nosotros atendimos habían sido ‘lanceados'. Les tiran de atrás y la lanza, generalmente con cianuro, les pega en el periné. O usan ‘snare', que es como un aro alambre que al pisarlo se va cerrando en sus patas y les va necrosando las falanges. Entonces se tumban y mueren. El 90 por ciento de los casos no era por balas, sino por lanzas y alambres. Para sacarles el marfil, les echan un ácido que en treinta minutos les derrite las encías y permite arrancarles los incisivos (la forma correcta de referirse a sus mal llamados colmillos). O se los cortan con una motosierra. El bicho puede estar todavía vivo. Lo único indispensable es que esté de cúbito, acostado. Es una muerte lenta y berreta". Me gustaría seguir adjetivando al respecto, pero creo que ante semejante escarnio hasta el lenguaje es pobre para des cribirlo. Intento no pensar en esto, trato de sacarme la imagen de los elefantitos sufriendo porque sus madres ya no están para protegerlos. Yacen descuartizadas en el piso caliente de Africa, y ellos se quedan solos, sin poder alimentarse ya que sus madres no están allí para amamantarlos y muchos mueren de hambre o estrés por el desamparo. Sí, lloro, pero con más razón lloran ellos. Explica el artículo que el elefante se parece al ser humano en muchas de sus conductas: además de llorar y deprimirse, son muy inteligentes y capaces, por ejemplo, de recordar durante 20 años el camino que los lleva a la laguna donde van a saciar su sed. De ahí la frase: "Tiene una memoria de elefante". La misma eficiente memoria tendremos que tener los seres humanos para acordarnos de los elefantes si este flagelo ecológico no se detiene y se extinguen en 10 años como predicen los científicos. Y asimismo conservo en mi corazón la esperanza de que la memoria de estos seres inocentes pueda fallar aunque sea por un momento y olvidarse para siempre de tanta tortura y sinrazón. Termino mi carta invitando a toda aquella persona que se sensibilice ante la problemática animal, a informarse y luchar. Las redes sociales nos permiten colaborar, no hace falta viajar al lugar en cuestión para ayudar. Y como la esperanza es lo último que se pierde concluyo con la frase de una persona, que sin dudas si estuviera viva, se comprometería con esta o cualquier causa que procure el bien. Él era inglés y una de sus canciones decía "Imagina nada por lo cual morir o matar, imagina a toda la gente viviendo en paz".



































