La Ciudad

Los últimos dos videoclubes de Rosario aún resisten a Netflix 

Abrieron en los 80 y sobrevivieron a la TV por cable, Blockbuster, internet, la piratería y hoy dan pelea a las plataformas con atención personalizada y material inconseguible. 

Domingo 01 de Agosto de 2021

No hay algoritmo que reemplace la recomendación personalizada de un ser humano que conoce a su cliente, y no todo está subido en la web. Bajo esas dos premisas, en Rosario quedan dos videoclubes importantes que resisten el paso del tiempo, el recambio tecnológico y el auge del cine a demanda que representan las nuevas plataformas como Netflix, HBO Go o Amazon Prime sin perder la esencia. En los barrios sobreviven algunos pequeños, pero viraron a juguetería y videojuegos.

La sobreoferta sin curaduría a veces, es peor que la escasez. Es común en la actualidad tomar el control remoto, abrir la aplicación y quedarse en blanco, pasando el catálogo infinito de películas sin saber bien qué mirar. Por eso los videocluberos todavía creen que su ojo y conocimiento es fundamental para que el socio se lleve el film que lo estaba esperando para esa noche en el sofá.

Época dorada

Silvia Bozzi es propietaria del videoclub Premier (Santa Fe 1663), y abrió su primer local hace 36 años. Llegó a tener cinco, y el que recuerda con más cariño es el que estaba junto al bar Open Pringles, en plena década del 90, justo frente a la plaza. “Siempre había gente y abríamos hasta muy tarde, mucha juventud y trasnoche, tenía onda”, dice Silvia, fanática del cine que decidió entrar al negocio cansada de no conseguir películas los fines de semana.

“En 1985 yo iba a un videoclub en un departamento en cortada Ricardone. Todos cerraban el viernes a la tarde y si no te acordabas, te quedabas sin VHS”, recuerda. Por eso su insignia fue abrir sábados y domingo a la noche. “Empezamos con 300 películas y tuvimos que comprar más. La gente llevaba de a tres videos, no le importaba qué era. Siempre había cola”, subraya, y apunta que en esa época de oro, en un sábado se alquilaba lo que hoy lleva un mes.

De a poco, todo fue cambiando en la ciudad. “Antes no se caminaba por el río. Los sábados a la tarde la gente se metía en la casa, había más cines y todos se copaban con las películas. Si no habías ido a ver un estreno, lo alquilabas”, cuenta. La llegada de 2001 lo destruyó. La irrupción de las descargas y la piratería lo terminó volviendo el nicho que es hoy. “La gente piensa que ya no lo tengo más”, se ríe.

Premier sigue fiel a su estilo tradicional. El local es una casa clásica, con estanterías de madera, acogedor. “El cine es tradicional. La gente que mira películas también. Somos un bicho raro. Son pocos los que vienen, pero les gusta la atención. Acá no tenemos clientes, tenemos socios. Hay un ida y vuelta, debatimos. Muchos encuentran un lugar para charlar un rato”, apunta. Durante la pandemia, la gente se puso al día con el cine. “Como no estábamos recibiendo estrenos, trabajamos con el material que guardé”, remarca Silvia, que hoy va por los 10 mil títulos, entre DVD y blu-rays.

Trabajaron muchos empleados pero con el tiempo Bozzi se fue quedando sola, lo que le permitió seguir abierto. Hay socios fieles que siguen yendo y siempre alguno nuevo que se va sumando. Introdujo promociones (lleve 3 por 2 por 7 días), y se adaptó a las redes sociales. Cataloga todo, para el que busca algo específico. Y confía en su producto: “Los estudiantes de cine vienen a buscar lo que no pueden bajar. La gente se cansa de Netflix porque dice que las películas parecen buenas y al final decepcionan”, se jacta.

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Delicatessen del cine

El otro gran sobreviviente es Videoteca, que empezó en 1980. Fabián Del Pozo trabaja allí hace 26 años. Ingresó como empleado y terminó siendo dueño. Para él, se trata de un rubro que siempre sufrió la “competencia desproporcionada” de la TV por cable, las cadenas, internet y la piratería, y cuya relevancia cultural no es reconocida. “Que desaparezcan los videoclubes se equipara a que no haya más bibliotecas”, compara, mientras su local alcanza el número de socio 40.000. Sí, aunque parezca raro, se siguen incorporando hoy en día.

La tecnología da pasos agigantados, pero Del Pozo afirma que siempre se han adaptado y diferenciado para seguir en la pelea. “Nosotros damos un servicio único y personalizado. El asesoramiento es fundamental: no existe la película absoluta. Hay tantas recomendaciones como espectadores”, afirma, y enarbola un catálogo de 25 mil títulos, incluidos algunos VHS que ya no se encuentran en formato digital en ninguna parte, ni siquiera la web.

Antes los sábados se alquilaban varios miles de películas, y hoy en día son unos cientos, por lo que se han reducido los márgenes de rentabilidad. Por eso han tratado de compensar con el concepto de la “tienda cinéfila”, con productos como libros, remeras, tazas o pósters. La venta de películas se redujo drásticamente, ya que la gente dejó la costumbre de comprar y regalar.

Otra diversificación fue un salón de usos múltiples en el que realizaban actividades culturales, que el año pasado tuvieron que mudarse a lo virtual, como muestras de arte, cursos, talleres y proyecciones. También brindan la digitalización de material analógico, que en pandemia se incrementó. “La gente al estar en la casa tuvo tiempo de revisar, y no tienen forma de reproducir esos videos viejos”, confió el titular de Videoteca.

Muchos de los clientes de Fabián “no tienen y no les interesa internet, pero quieren ver buenas películas”. En ese sentido, afirma que “las plataformas tienen una buena oferta, pero no tienen todo. Es un menú limitado. El mundo del cine es más grande”, considera. La parte fuerte de Videoteca, además de las rarezas, es la clasificada por directores, como Stanley Kubrick, Woody Allen o Pedro Almodóvar, material de apasionados por el cine que nunca se deja de alquilar.

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