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Los límites del control

En letras pequeñas (de esas que le reclamamos un aumento de graduación de cristales a nuestro oftalmólogo cuando vamos y nos dice: "No se preocupe si no las ve, esas casi no se usan"), hay avisos en las botellas que dicen "beba con moderación".

Martes 17 de Septiembre de 2013

En letras pequeñas (de esas que le reclamamos un aumento de graduación de cristales a nuestro oftalmólogo cuando vamos y nos dice: "No se preocupe si no las ve, esas casi no se usan"), hay avisos en las botellas que dicen "beba con moderación". Me he preguntado, una vez que se pasa la línea del razonamiento con el efecto del alcohol, si se sabe o no lo que es "moderación". Una vez en Rusia, precursora de jóvenes de aliento etílico, vi a una señorita con su novio en un metro que cuando descendió dejó su impronta (su orina) bajo el asiento. Pacata yo en ese momento, me pregunté hasta dónde uno es consciente de su comportamiento y qué respeto podría tener su pareja, que a ella no le afectaba actuar como animal, sin prever que otro ser humano tendría que soportar sentarse en dicho lugar. También me pregunté si se cosificaba tanto el valor de su persona, si sería respetada en la convivencia. Cada vez que veo asesinatos y quienes incineran a sus parejas, me pregunto: ¿dónde están los límites del respeto por el otro y por uno mismo como ser humano racional? ¿Es que acaso el alcohol, la droga no destruyen al ser humano e inhabilitan sus virtudes? ¿En tal caso, previendo su incapacidad, el Estado no debería poner un freno a la desidia ambiciosa de los fabricantes? No sólo es autodestrucción (como lo avalan muchos médicos de la corteza cerebral), sino que al "perderse los controles", son propensos a cometer actos que, estando lúcidos, se reprocharán de por vida. La ética es la reflexión y el compromiso asumido frente a nosotros mismos y los demás. Pero, ¿qué pasa cuando subliminalmente se publicitan "modelos de éxito" asociados al consumo, bombardeando con propaganda? Debería haber un aviso que dijera "la publicidad debe ser difundida con moderación". El escritor F. Hernández publicó un cuento profético: un señor vestido de blanco subía a los tranvías, jeringa en mano, y amablemente inyectaba un líquido en el brazo de cada pasajero. De inmediato, los inyectados empezaban a escuchar, dentro de sí, los jingles publicitarios de la fábrica de muebles "El Canario". Para sacarse la publicidad de su interior, había que comprar en las farmacias unas tabletas, marca "El Canario", que suprimían el efecto de la inyección. Quizás, próximamente las farmacias las vendan y sean "el sabor del encuentro".

Silvia Buonamico

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