El principio legal es claro: seguir al ladrón para matarlo no es legítima
defensa, porque el riesgo para la vida acaba cuando el atacante se va. ¿Cuál es el límite de la
autodefensa? Cualquier persona tiene el derecho de defenderse de un ataque cuando su vida está en
juego. Pero el ataque a la propiedad no autoriza a matar a alguien. No hay correspondencia en eso:
en un caso están en juego los bienes. En otro, la vida.
La ley dice que si el ladrón escapó, ya no hay de qué defenderse: el peligro
terminó. Dice también que para justificar un crimen como un acto de legítima defensa tiene que
demostrarse que su autor, o un tercero, estaban en riesgo cuando se disparó el gatillo. Exige
además que la reacción sea proporcional al ataque. De lo contrario no es defensa: es venganza.
La práctica judicial muestra que esos preceptos son maleables: en Rosario hubo
reiterados casos de "justicieros", víctimas de asaltos que siguieron y mataron a asaltantes, cuya
acción se justificó ante la conmoción del asalto. Esa reacción, no obstante, no es gratuita: muchos
hirieron a testigos o inocentes, otros sufrieron asedios que los forzaron a irse de sus
barrios.
Esos actos suelen encontrar aprobación pública, acompañada de reclamos de mano
dura. Pero su mera definición como episodios de "justicia por mano propia" ya es tramposa: "Si es
por mano propia, no es justicia", advertía la socióloga Marisa Germain en octubre de 2005.
Por entonces, el empresario Humberto Visconti se entregaba a la Justicia días
después de matar por la espalda un ladrón que se alejaba en moto. Dijo que ese hombre, Esteban
Peralta, de 28 años, le había robado su Rólex cuando esperaba luz verde en el Parque Independencia.
Lo persiguió en su BMW y le disparó, según dijo, en respuesta a disparos previos. Días atrás se
conoció el fallo que absolvió a Visconti por legítima defensa.
Si bien cada caso es singular, en todos la cuestión de la reacción al delito y
sus efectos queda expuesta. Si alguien robó, debe ser penado por ello. El robo es ilegal e injusto.
Pero aplaudir que se responda a eso con una muerte para "ajusticiarlo", cuando la víctima del robo
ya no corre riesgos, conlleva el peligroso precepto de quitarle al otro el estatuto de humano. Es
incurrir en un delito irreparable, más grave que el que se le reprocha al ladrón.