Enfoque

Los héroes podemos ser nosotros

Entre Bowie y Discépolo, un puñado de ideas para pensar lo que nos pasa y sostener la esperanza desde lo cotidiano

Martes 24 de Noviembre de 2020

“Podemos ser héroes/ solo por un día” cantaba proféticamente David Bowie en su célebre canción de 1977, siguiendo la huella de su amigo Andy Warhol, quien –intuyendo, acaso, las redes sociales– había anticipado un futuro en el que todo el mundo iba a ser famoso por “quince minutos”. En esta triste época, la nuestra, los héroes fugaces que inventan los medios de comunicación suelen durar un lapso comparable. Pero tal vez el gran pronosticador de la fábrica de mentiras no haya sido, como Bowie o Warhol, un referente de la cultura pop anglosajona sino el argentinísimo Enrique Santos Discépolo, en su amargo Cambalache.

Los héroes –se sabe– resultan necesarios. Todos amamos, secreta o abiertamente, a alguien a quien nunca conocimos y en él o ella proyectamos fantasías y deseos. Muchas veces, sin que nos demos cuenta, marcan nuestra ruta, impregnan nuestra vocación, impulsan nuestras elecciones. En los años salvajes de la juventud, cuando la noche no tenía límites, los héroes de mi generación provenían del rock, la literatura o la política. En una extraña combinación jugaban en ese equipo desde John Lennon, Peter Gabriel, Roger Waters, Joan Manuel Serrat, Charly García o el Flaco Spinetta hasta Eva Perón, Lenin y el Che Guevara. No eran pocos quienes llevaban en las alforjas del alma a los poetas y narradores, y allí aparecían Rimbaud y Pizarnik, Neruda y Cortázar, García Márquez y Gelman. Un amigo de aquellos años ya lejanos se aferraba a Beethoven y Piazzolla como si fueran una balsa para el náufrago. Otros soñaban con una América Latina unida y revolucionaria, descubrían a Nicolás Guillén o Ernesto Cardenal y tarareaban los temas de Silvio Rodríguez.

Ese tiempo pasó, y con él sus héroes. La ilusión de cambiar la sociedad para tornarla más justa se convirtió, a veces, en amor indisimulado y cínico por el dinero. La gran derrota fue cultural: el consumo ganó la partida y se extendió como la peor de las pandemias por cada una de las regiones del globo. Con su entronización, la ética personal y la solidaridad se convirtieron en cenizas.

No intenta este texto, sin embargo, desembocar en un cómodo pesimismo –ese mismo que suele ser la justificación de tantas traiciones–, sino marcar el poder de aquello que se nos opone. Los dueños de todo carecen de límites: en su ciega ambición, si esta historia continúa, amenazan con llevarse puesta nada menos que a la propia Tierra.

En este tiempo de ídolos de litio y polietileno, en el que cada uno de nosotros es visto solo como un potencial comprador en el imperio de la mercancía, los que sostienen el peso de los sueños son humildes y habitan lo cotidiano. Mientras los ricos exhiben sin pudores su egoísmo y desprecio por el sufrimiento ajeno, ellos dan todo lo que pueden: el mejor ejemplo de semejante actitud en este presente tan duro son los trabajadores de la salud, que se arriesgan día a día. Para ellos, sin embargo, ya no se escuchan aplausos.

Los héroes del pasado pueden ser los del futuro, esa palabra que ya nadie se anima a pronunciar. A principios de este siglo, en la mayor parte de Sudamérica apareció una poderosa reacción contra el neoliberalismo triunfante. Surgieron nuevas esperanzas: otros hombres y mujeres, con sus luces y sombras, tomaron banderas que parecían caídas para siempre. La reacción llegó, como suele ser inevitable. Pero la semilla ya está sembrada.

(Lo paradójico es que el primer paso para recuperar a los héroes sea, acaso, prescindir de ellos: somos nosotros, en nuestro día a día, quienes podemos ir hacia los otros, tender puentes y empezar de a poco a construir respuestas).

Los héroes son individuos, y lo único que puede salvarnos es la acción colectiva.

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