"Hay que alejarlos temprano de sus madres para quebrar su espíritu y convertirlos en esclavos dóciles a nuestras órdenes". Esas palabras pronunciadas por un adiestrador de elefantes de Tailandia hieren el alma de toda persona sensible al sufrimiento del otro, cualquiera sea su especie. Los ejemplares jóvenes, y en la plenitud de su desarrollo, son encadenados de manos y patas, rodeados sus cuerpos por decenas de sogas y en total estado de inmovilidad e indefensión, arrastrados por decenas de personas a un cubículo abierto que tienen sus mismas dimensiones y donde se les practican todos tipos de tormentos. Delante de los turistas se exhiben elefantes que pintan, escriben, juegan al fútbol, posan para los fotógrafos. Detrás está el adiestrador con la pica curva y afilada, presto a atravesarle el cuero de la cabeza; o el entrenador avezado en levantarle las orejas para encajar un enorme clavo cerca del orificio auditivo. Cuatro mil animales cautivos padecen en Tailandia esta crucifixión cotidiana, visible en la sombra oscura que bordea el ángulo inferior de sus ojos. Uno de los seres dotados por la naturaleza de la mayor capacidad de memoria, por un absurdo de la miserable condición humana, sólo puede recordar las extremas torturas que ha padecido y obrar en consecuencia, aceptando realizar la rutina que remeda conductas que no son propias de su especie, de manera grosera y pueril. La explotación más descarnada y obscena priva de dignidad a una de las más maravillosas criaturas de este mundo y la sumerge en las profundidades de un dolor a veces peor que la muerte. Desde otra latitud, desde un país y una ciudad muy lejanos a Tailandia, me refiero a una realidad que me hirió muy profundamente porque la explotación de los animales es igual en todas partes del mundo; y la falta de leyes que protejan a las especies no humanas es similar. La complicidad de los turistas que se transforman en partícipes necesarios y propiciatorios de la tortura que sufren es idéntica y, sobre todo, porque participamos de un mismo género de la creación que considera que posee dominio sobre todos los demás seres a los que esclaviza y corrompe. Felizmente existen otras personas, como Lek, que luchan para salvar a los elefantes y reubicarlos en un parque que posee la fundación que preside para que las huellas de los elefantes de Tailandia no se pierdan en las entrañas del infierno terrenal. Pero ella es sólo un ejemplo de lo que debe hacerse. La responsabilidad y el compromiso para revertir la situación es e todos.



































