Mabel Ríos es docente y en 2010 se puso al frente del grupo Madres en Lucha donde mujeres de distintos barrios pobres de la ciudad buscan tejer redes para alejar a sus hijos de las drogas. "En esos últimos dos años la situación empeoró notablemente —apunta—. Cada vez hay más chicos en problemas por el consumo de sustancias, miedo a denunciar por sospechas hacia la policía y faltan lugares para la atención de adicciones". Con todas estas falencias, no es casual que las economías delictivas ganen terreno. "En las escuelas los chicos juegan a ser transas. Quienes trabajamos en barrios vulnerables nos encontramos con esto y no sabemos qué hacer", advierte.
Las Madres en Lucha se reúnen los martes, cada 15 días, en las casas de las integrantes del grupo o en la de alguna vecina en apuros que las contacta. Es un trabajo de hormiga que se replica en barrios como Tablada, Ludueña, Gráfico o Las Flores, donde sobran las historias de pibes complicados con el consumo de sustancias.
"La realidad de los barrios es que las mamás están desesperadas. Algunas dicen que prefieren que a su hijo lo lleven preso y que se judicialice el caso, porque así va a recibir una atención terapéutica, porque si no es muy difícil encontrar lugares para su tratamiento", cuenta Ríos.
Esa idea convive con el temor que despierta la policía, donde sobran las referencias sobre zonas liberadas, quioscos de venta de drogas montados a pocas cuadras de alguna comisaría o situaciones de represalias "como el tiroteo de las casas o piedrazos en los vidrios a quien se anima a denunciar", señala la docente.
En pie. En medio de ese panorama, las escuelas son una de las pocas referencias del Estado que se mantienen en pie en los barrios. "Pero el problema es que tenemos muy pocos elementos para poder trabajar en prevención. En el ámbito del Ministerio de Educación no hay nada y quienes estamos en barrios vulnerables nos encontramos con problemáticas que no sabemos qué hacer".
Chicos que llegan "dado vueltas" por el consumo de sustancias, nenes de la primaria que en el recreo "juegan a ser transas, como algo normal, como una representación de la realidad", son escenas con las que Ríos se topa a diario durante la jornada escolar.
"Otra de las realidades que se ven es las aspiraciones de las chicas, ser botineras ya no aparece como una salida hacia un bienestar económico, sino ser narquera, salir con alguien que esté en la venta. Eso aparece como una opción de vida. Hay chicos de 7 años que dibujan grupos de pibes con armas, contentos y con una sonrisa y escriben arriba "los malos están felices" y, al lado, pintan a otros pibes solos y escriben "los buenos están tristes".