Para la sociedad actual, los abuelos somos muchas veces pensados como una carga, una molestia. Los modelos económicos contemporáneos nos presentan como pasivos, ya que no formamos parte de la producción y, por tanto, no generamos ingresos, sino tan sólo gastos. Es evidente que no somos considerados en relación a nuestros aportes realizados durante toda la activa vida, como así tampoco los que continuamos realizando en materia de saberes y técnicas. Ahora bien, en algunos casos hay quienes dejan de considerarnos como una carga cuando se nos necesita para hacer las veces de niñeros, de transporte escolar o cualquier otro uso que se nos pueda dar. En toda esta vorágine en la que se desenvuelve el mundo de hoy, es importante generar espacios en los que se puedan forjar encuentros con estas personas. Ellas esconden sorpresas maravillosas que resultan muy placenteras conocer y descubrir. La palabra de un abuelo trae consigo todo un legado, lleno de ternura, felicidad, tristeza y nostalgia. Una palabra que hace crecer, que hace pensar, porque está simplemente cargada de amor. Son muchos los chicos que por circunstancias de la vida no pudieron contar con un padre o con un abuelo de quien esperar su visita, para escuchar chistes, historias, cuentos. También son muchos los abuelos que no tuvieron la suerte de tener un nieto a quien “malcriar” y al cual disfrutar con más libertad y con menos responsabilidades que a un hijo. Todos conocemos los derechos que deberíamos tener, disfrutar, lo que nos correspondería por sacrificarnos, habiendo proporcionado un buen ejemplo a hijos, nietos y a la sociedad, como argentinos y como trabajadores. Todos escriben muy bien lo que somos, lo que nos correspondería, lo que nos hemos ganado, pero el adulto mayor ya no existe en este sistema. El anhelo de nuestros abuelos es estar tranquilos, no molestar y sobre todo que no los olvide la familia; no sentir que molestan en algún lado y menos aún en casa de alguien que los une algún lazo sanguíneo. Otro anhelo de los adultos mayores, abuelos o viejos, como quieran llamarlos, es poder cobrar una jubilación digna al actual momento e inflación, no tener que pedir nada a nuestros hijos porque hemos trabajado y merecemos morir con dignidad. Por último: agradezco al Papa Francisco por acordarse de abuelos y jovenes.



























