Mientras los muchachos iban a cumplir con el rito de la pizzita La Popular en el entretiempo, mantenían el crédito abierto a los suyos por dos motivos: porque de este Newell’s que tanto les dio en el pasado reciente podía esperarse una reacción y porque enfrente no había una oposición que metiera miedo, más allá de que al final de esa primera etapa ganara con justicia. Y tuvieron razón. De lo más flojo que se recuerde de un repertorio rojinegro, se pasó a uno más acorde a lo que supo cosechar y el resultado se invirtió invariablemente. Sin estridencias, con lo justo, pero el equipo de Berti volvió a la victoria en el Coloso y en el torneo, y se metió de nuevo en lo más alto. Como ayer pensaban sus hinchas en la mala, no había que darlo por vencido.
Y es que la producción leprosa claramente hubo que dividirla en la tarde-noche del Parque en dos mitades. Bien diferenciadas. La primera, abúlica, intrascendente, aun con el control mayoritario de pelota, al punto que Olimpo, un equipo que sin dudas volverá a pelear el descenso, se fue al vestuario con una diferencia que consiguió legítimamente. Y sólo con estar atento a que ese toqueteo de un lado a otro no se transformara en un pase profundo, para lo cual contó con la excesiva lentitud de movimientos de Newell’s, y a ser saludablemente ambicioso cuando comprendía que en las contras podía hacer pesar la velocidad mental de Paulo Rosales y la física de Pérez Guedes o Ferreyra, para ganarle a una defensa in extremis dubitativa en el mano a mano.


































