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Las trampas del sentido común en la casa y en el trabajo

En el libro El cuidado infantil en el siglo XXI, la socióloga Eleonor Faur analiza las desigualdades de las nuevas rutinas familiares y la persistente reducción de las mujeres a la atención de los niños.

Sábado 30 de Agosto de 2014

Compatibilizar la atención de los hijos pequeños y el trabajo remunerado fuera de casa nunca ha sido sencillo. Políticas públicas, instituciones privadas, legislación, derechos laborales, trabajo productivo y reproductivo forman parte de un complejo caleidoscopio que excede la trama individual o de organización familiar. En El cuidado infantil en el Siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual, la investigadora Eleonor Faur, doctora en Ciencias Sociales, analiza cómo se organiza el cuidado de niños y niñas en la sociedad argentina y qué rol asumen actualmente madres, padres y estado. El libro, publicado en Buenos Aires por Siglo XXI Editores, reúne el resultado de investigaciones realizadas durante más de siete años, en las que la autora busca dar respuesta acerca del papel que juegan las políticas sociales y, sobre todo, de qué forma las desigualdades vigentes se transforman (o reproducen) en la organización social del cuidado infantil.
  El concepto de “maternalización de las mujeres” ha filtrado instituciones, prácticas y representaciones sociales durante largo tiempo y es central a la hora de comprender este tema. Durante mucho tiempo las mujeres eran concebidas ante todo como madres, y las madres, como “las mejores cuidadoras posibles”. “Hay estudios históricos muy interesantes situados en el país —relata Faur— donde para las políticas de trabajo de fines de siglo XIX, principios del XX, la mujer era un instrumento de cuidado y de atención del bienestar de los hijos. Actualmente puede verse cómo, de diversas maneras, esto aún se reproduce en la vida social. Por ejemplo, los bienes para bebés nos los venden a las madres. Si hay un niño, siempre está la imagen de que la que va a estar cuidando es una mamá. Y por supuesto esto cristaliza a la mujer en un rol que no siempre tiene o que no siempre debería tenerlo ella sola. Lo que trabajo en el libro es poder desnaturalizar, sobre todo, la parte de la “soledad” del maternalismo.

  —¿Cuál es el papel del paternalismo en esta problemática?
  —Es la contrapartida del maternalismo. Las mujeres hemos ido cambiando mucho desde nuestra salida al mundo del trabajo. El paternalismo presuponía una mujer en el hogar, ama de casa de tiempo completo, y un hombre proveedor de ingresos. Además daba por hecho que la pareja era para toda la vida. Alrededor de ello había un montón de cuestiones y normativas sobre cómo tenía que ser la familia, y ni siquiera se contaba con ley de divorcio, por citar un ejemplo. Es decir que había cuestiones que profundizaban este tipo de modelo. Y cuando las mujeres empezamos a cambiar, los hombres también hicieron un proceso de transformación, hasta cierto punto. Pero lo que se evidencia en las encuestas del uso del tiempo, del trabajo cualitativo y de las políticas sociales es que esta perspectiva de ver a los varones como corresponsables del cuidado está todavía lejos. Hay muchos padres que ayudan o colaboran pero en la sola mención de estos verbos está implícita la idea de que no son los responsables directos.

  —¿Qué sucede entonces con las políticas sociales?
  —Estas políticas refuerzan la idea de que los varones no son los principales cuidadores: casi no hay licencia por paternidad, en las empresas para un varón es mucho más difícil salir porque tiene un hijo enfermo, es decir, hay toda una trama social que sostiene esa visión maternalista, por más que haya quedado desfasada de la vida moderna en la que las mujeres trabajamos. Entonces, la responsabilidad del cuidado también debería pensarse como compartida.

  —Ante esta insuficiencia, ¿qué medidas podrían ser interesantes desde el Estado y desde otros actores sociales?
  —Tendrían que articularse distintas salidas ya que con una sola política no alcanza. Las políticas de protección del trabajo deberían, por ejemplo, ampliar las licencias por paternidad y maternidad. Para una mujer tener solo tres meses de licencia, cuando los tiene, es muy poco porque a los tres meses no hay muchos lugares donde dejar a los bebés. También habría que combinar esto con espacios de cuidado. En cuanto a los padres, tener solo tres días es como reafirmar que ellos no tienen por qué cuidar. El mercado de trabajo debería brindar los tiempos necesarios para que las personas puedan cuidar a sus hijos sin que eso erosione su bienestar económico. Muchas familias tienen estrategias cotidianas: algunas mujeres dejan de trabajar o lo hacen a tiempo parcial. En cuanto a los jardines maternales y de infantes, estos espacios de cuidado son vitales para que las personas puedan salir a trabajar. Pero habría que adecuarlos también a los horarios de trabajo porque si un niño o niña va a un jardín maternal por tres horas entre llevarlos e ir a buscarlos ese tiempo nunca alcanza. Hay que poder ser creativos sobre cómo se cubren estos momentos de cuidado. Es decir, si por ejemplo no es suficiente con docentes y se necesitan también cuidadores, complementar de esa manera. Ahí es donde toda la creatividad de las políticas debería ponerse en juego. Otra cuestión interesante es que las empresas ofrezcan a sus empleados un jardín o guardería asociada. Se deberían revisar este tipo de estrategias porque hoy lo que se presupone es que las mujeres ya no somos amas de casa sino malabaristas.

  —¿Qué sucede con las familias que no pueden contratar un servicio de cuidado y que tampoco acceden a alguna institución pública que los acompañe en esta tarea?
  —La mercantilización del cuidado tiene dos ejes principales: la contratación de personas y por otro lado, la contratación de servicios de cuidado como guarderías o jardines. El tema es que si de un lado de la “pirámide social” tanto hombres como mujeres pueden salir a trabajar con más tranquilidad porque pueden afrontar estos servicios, por otro, en los sectores populares, muchas mujeres tienen que quedarse en su casa porque no les cierran las cuentas para pagarle a alguien que se encargue de sus hijos. Entonces lo que se evidencia aquí es otra forma de expresión de las desigualdades vigentes. Es decir, el cuidado no es un tema que afecta de la misma manera a todas las clases sociales. Por eso no hablamos solo de desigualdad de género sino de desigualdad social imbricada en esta organización del cuidado.
Políticas en cuestión
  La organización social del cuidado se está transformando. Pero el problema que surge es la insuficiencia, y en algunos casos ausencia, de políticas que acompañen esta transformación. De esta manera nace un nuevo actor social: la mujer malabarista. Madre, esposa, trabajadora, en la que recaen cientos de obligaciones de diversa índole.
  —En la investigación identifico al malabarismo como un problema social, no individual. Muchas veces las mujeres pensamos que no nos estamos organizando lo suficientemente bien. Cada situación cotidiana relacionada con el cuidado la vemos como un problema personal pero no es así, por eso digo que con estos cambios surge la naturalización de las malabaristas: se ha creado un nuevo sujeto social, que está invisibilizado. Al pensar en este concepto podemos reconocernos y logramos identificarnos con amigas, hermanas, vecinas, a las que les sucede lo mismo.

  —¿Cómo se enlaza aquí el tema de la socialización de género?
  —Este concepto es muy importante porque nos permite vernos como sujetos en nuestras interacciones cotidianas de pareja, familia y hasta en las empresas, donde todavía nos ven como cuidadoras a pesar de que trabajemos a la par de los varones. A veces una mujer presenta un CV y se le pregunta si tiene hijos. Esto desde el vamos es discriminación porque es presuponer que al tener hijos no va a trabajar de la mejor manera. Entonces, es parte de la cuestión poder revisar cuáles son las pautas de género que están tan establecidas que las naturalizamos. Ahora, todo eso se tiene que complementar con políticas sociales. Es necesario que por un lado tanto mujeres como varones nos sintamos corresponsables, pero por otro deberían garantizarse las estructuras posibles para desfamiliarizar el cuidado y legarlo en otras personas o instituciones durante unas horas al día. Porque si no, aunque cuidemos los dos, no vamos a poder salir a trabajar. El cuidado es muy importante, es vital para el desarrollo humano. Todos necesitamos ser cuidados y todos cuidamos en alguna medida. Por eso es una cuestión social que debe ponerse en el centro del bienestar. Y al ponerlo allí está claro que las familias no pueden ser solamente ellas quienes se ocupen de los cuidados, se necesita una importante red de apoyo que sume instituciones y empresas que aporten soluciones a la problemática. Debería haber toda una trama sosteniendo en conjunto.
 

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