En las últimas elecciones del 19 de abril los rosarinos pasamos factura a una gestión gastada, que siempre se ha mirado a sí misma como encerrada en una secta partidaria. Fue el mismo jefe del Partido Socialista santafesino quien declaró públicamente que no se había escuchado a la gente (acoto yo: no escuchar a la gente es un acto de soberbia). Cuando la gente no es escuchada tiene la última palabra, y la última palabra la tuvo el pasado 19 de abril y la tendrá el próximo 14 de junio. Los rosarinos queremos que nos devuelvan la ciudad que nos quitaron, la Rosario de las veredas ocupadas por las familias, la Rosario de los pibes estudiando y no trabajando, la ciudad que hace años atrás fue declarada capital de los derechos del niño, pero que vio topadoras destruyendo un club de barrio que contiene a sus pibes. Queremos recuperar la ciudad cuyo intendente respete, escuche y dialogue con las múltiples instituciones que, desde su vocación de servicio, cooperan en la construcción de una Rosario mejor. Los rosarinos queremos recuperar aquella Rosario reconocida por sus artistas, músicos y escritores y no por el narcotráfico, la delincuencia y la muerte. Los rosarinos queremos recuperar una Rosario cuyo intendente tenga una mirada más amplia y contenga a los barrios. Los rosarinos queremos que nos devuelvan una ciudad que crezca, que progrese, y donde se fiscalice la proveniencia del dinero con el que se promueve ese aparente avance, que haya claridad a la hora de saber de dónde provienen las inversiones. Los rosarinos queremos una ciudad donde antes la vida era un valor y el derecho supremo. Alguna vez Rosario se desarrolló de espaldas al río. Hoy también está a espalda de un gran río de sangre, fruto de una cultura de muerte y sin sentido. El 14 de junio estará en nuestras manos una posibilidad de cambiar el rumbo. No soy quien para decir a mis conciudadanos a quién votar. Sólo siento la necesidad de decirles que nos tomemos tiempo para reflexionar qué Rosario queremos, si ésta que sigue sumando muerte o una Rosario de la que volvamos a sentir orgullo, una ciudad que vuelva a ganar sus calles, una ciudad cuyos gobernantes se animen a gobernar. En Rosario las Paso pasaron factura. La soberbia tiene un costo.


































