Recientes e insólitos fallos arbitrales pusieron sobre la mesa el debate sobre el uso de la tecnología para aclarar situaciones confusas en los partidos de fútbol. En otros deportes, para citar algunos el rugby, hockey, tenis, básquet, automovilismo, atletismo, esgrima, hace años se están incorporando los medios disponibles para acercar lo máximo a la verdad en los resultados deportivos. En el fútbol no. Algunas de las excusas se acercan al ridículo o a la picaresca. Por ejemplo que se demoraría el juego, que el error o la trampa son parte del espíritu del fútbol, que sería muy costoso, y algunas impresentables como que los clubes africanos son muy pobres y no pueden implementarla. Estamos hablando de una actividad que mueve miles de millones de dólares por mes y que interesa a miles de millones de personas durante incontables horas diarias. El partido de fútbol quizás sea la única actividad colectiva humana cuyo resultado depende de la capacidad y de la voluntad para juzgar de una sola persona. Si falla mal el árbitro no hay opción, es cosa juzgada. No encuentro otros ejemplos. Quizás la explicación de esta extemporaneidad podría encontrarse en la historia. Algunos lectores tendrán edad para recordar cuando no había televisión y sólo algunos partidos se relataban por radio. En esos tiempos, los clubes más chicos nunca se acercaban a los primeros lugares en primera división, siempre lideraban los grandes. Desde la aparición de la televisión que permite visualizar que pasa realmente en la cancha, los más chicos pueden dar pelea. No deja de ser curioso. A propósito, qué explicación racional existe para justificar que siempre en los campeonatos argentinos se sancionen más penales a favor de los equipos locales que para los visitantes, ninguna, y cada uno elaborará su propia explicación. Otro aspecto inherente es el de la violencia. Qué pasará si en un partido decisivo el arbitro sanciona penal y expulsión, y afecte el resultado final mientras cuarenta mil espectadores a los diez segundos se informen con la tecnología que es un error garrafal del árbitro. Por último, quiero señalar una cuestión no menor, la salud espiritual de los jugadores, que conociendo que cometieron una falta o que no existió, no pueden reconocer el error arbitral sin exponerse al repudio que la irracionalidad de los fanáticos desencadenaría, violando sus propias e íntimas convicciones. Los dirigentes del fútbol están tapando el sol con las manos, es una lástima.
































