En el mercado criollo de la política la lengua es un artículo de primera necesidad. Sirve tanto para disfrazar lo que realmente se piensa como para disimular la falta de ideas. Es también un arma poderosa. Defensiva, utilizando la mentira como escudo para cubrirse de los fracasos, faltas y errores cometidos. Ofensiva, agrediendo verbalmente a sus contrincantes y convirtiendo las contiendas electorales en duelos en los cuales las lenguas reemplazan a las lanzas. Bien dice un antiguo proverbio francés: "Un golpe de lengua es peor que un golpe de lanza". Sobre todo cuando se tiene lengua larga y filosa. Además la lengua tiene la ventaja de no cansarse nunca, como sí se cansan los brazos. Por lo que estos "lances" suelen ser cuento de nunca acabar. Y nosotros asistimos a ellos a través de los medios de comunicación con el mismo ánimo del que va a un reñidero de gallos: no para ver quién acierta en la cuestión que se debate sino para ver quién acierta los mejores espolonazos (recordatorios del pasado, ofensas e insultos) al rival.
































