El jueves 14 de marzo pasado un su programa de TV, el periodista Nelson Castro dijo que la Argentina no tiene la jerarquía internacional que debería tener, de acuerdo a sus reconocidas figuras relevantes. Y es verdad, desde San Martín a Andrés Guacurarí; desde los doctores Salvador Mazza, Maradona, Maiztegui, Oussay, Leloir y Milstein hasta Favaloro; desde Saavedra Lamas hasta Pérez Esquivel; desde Alfonsina hasta Borges y Sábato; desde los Gálvez a Fangio; desde Firpo a “Maravilla” Martínez; desde Di Stéfano a Messi; desde Gardel a Nelly Omar y desde Vicente Greco a Troilo, nuestro país ha sido cuna de ilustres personalidades poseedoras de talento, valentía y perseverancia. Ocuparía valiosas líneas de texto si mencionara a los numerosos personajes que también se destacaron en diferentes disciplinas, como asimismo a los científicos y técnicos que aportan sus conocimientos en importantes entidades del mundo, incluso en la Nasa. Y por si no fuera suficiente, ahora tenemos el orgullo de que haya sido consagrado un Papa argentino. Sin embargo, no obstante ser este lugar del “fin del mundo” (como dijo Francisco), un “semillero” de personas talentosas, no ha llegado a insertarse como un país progresista en el concierto de las naciones. Creo que ello es la consecuencia de no haberse implementado desde siempre un programa de Estado claro y eficiente. Además, salvo honrosas excepciones, hubieron presidentes y no estadistas, acompañados por una clase legislativa que en general, estuvo empeñada en satisfacer sus intereses personales en desmedro de los del pueblo que los votó esperanzado una y otra vez. Aunque Francisco no fue designado para cambiar el rumbo de los procederes de algunos de nuestros gobernantes, su advenimiento podría ser una linda oportunidad para que comiencen a transitar el ancho camino de la unión y la grandeza política.



































