Ya dejados atrás los esplendores de la fiesta vivida por el pueblo en la última semana, han comenzado a proliferar, a través de los conocedores express de la simbología que encierran los fenómenos argentinos, diversas conclusiones acerca tanto de su significado, cuanto de la trascendencia futura de esas manifestaciones masivas. No resulta sorprendente reconocer que los medios apegados al oficialismo han exaltado significativamente que la afluencia de millones de personas a lo largo y ancho de todo el país en la conmemoración representa el autoevidente apoyo popular a un gobierno que se sobrepone a las contingencias adversas que le presenta la derecha destituyente, y la siempreviva oligarquía a la que pertenecen aquellas emblemáticas doscientas familias cincuentistas. Este novedoso aunque incuestionablemente incompleto modelo de inclusión social implantado desde hace algunos años (tal vez alrededor de seis, para ser exactos), se manifiesta fundamentalmente aggionarnando antiguas antinomias que hubiéramos creído superadas, de no encontrarlas presentes y con nuevos bríos, en un revival agonizante que toma ejemplo de los modelos políticos imperantes en países que no por ser hermanos, dejan de representar aquel sector de América latina que no logra emerger de sus endémicas infecciones, mientras otros países del hemisferio avanzan hacia un futuro de grandeza. Las especulaciones han ido cobrando forma, y engendrado en la ciudadanía democrática un aciago temor a que esta situación de anomia en la cual la impunidad de la corrupción se impone y la Justicia está ausente, se prolongue. Creo que no todo está perdido, y que el soberano sabe bien a qué atenerse. Elisa Carrió, a quien respeto aunque muchas de sus ideas no comparto, quiso decir muy acertadamente, tal vez con palabras más precisas que las mías: "La fiesta suspende todos los términos; terminada la fiesta, la razón prevalece". Un millón de personas acude anualmente a la "Fiesta de las Colectividades"; miles y miles festejaron a la patria en el Monumento, con fuegos artificiales y todo. Ni al más trasnochado dirigente del partido político que gobierna la ciudad, se le ocurriría pensar que cuenta con todos esos votos cautivos.



































