Los lectores de Ernest Hemingway tarde o temprano llegan a un libro tan querible
como abominable. Y es que “The Moveable Feast” –o “París era una
fiesta”, tal cual con gran acierto fue titulada la traducción al castellano– es tanto
un fresco y colorido retrato del París de entreguerras como un catálogo de bajezas morales. ¿O a
quién puede interesarle el tamaño del pene de Francis Scott Fitzgerald?
Pero el buen Ernest, pese a su afán por destruir a la competencia literaria sin
reparar en daños, era y seguirá siendo un prosista de primera. Y en estos textos tantas veces
entrañables dejó pintada una ciudad que desapareció para siempre, tragada por las guerras y el
progreso. Esa misma ciudad que yo equivocadamente salí a buscar días atrás, cuando un viaje de
trabajo me llevó hasta las calles que una vez caminaron Baudelaire, Walter Benjamin, Paul Eluard,
Sartre, Camus y Cohn-Bendit.
Había que elegir y yo opté por los cafés, no por los museos. Me dije: quiero
sentarme en el mismo lugar donde Artaud debatió con Breton, donde se cruzaron la Beauvoir y Simone
Weil, Malraux con André Gide, donde anduvieron Picasso, Stravinsky, Dalí, Gershwin, Morrison y
Vinicius de Moraes. Quiero ver la atmósfera de la noche, soltar los pasos sobre las veredas como
sabuesos que olfateen la belleza perdida. Y mientras otros se preocupaban por los horarios de
apertura de Versalles, recorrían les Champs Elyseès en busca del Arco del Triunfo o quedaban
deslumbrados ante la cursilería insuperable de la tumba de Napoleón, yo rumbée sin vacilaciones
hacia Montparnasse y Saint Germain-des-Prés. En busca de las huellas del espíritu, no de las obras
de la espada.
Y claro, todo sigue ahí. Al menos, en su forma exterior. Le Closerie des Lilas,
La Coupole, La Rotonde, el Café de Flore, el Dome, el Select. Los recuerdos surgen a borbotones:
allí iba Apollinaire, ese era el refugio de Joyce; allá solía estar Buñuel bebiendo su copa de
tinto, acá Gainsbourg prendía su enésimo Gauloise.
Uno recuerda emocionado y se sienta, pega un salto de medio metro ante los
precios de la carta, tolera la manifiesta antipatía del mozo, pide lo que puede pagar y contempla
la mesa donde Man Ray conversaba con Youki día tras día y donde una tarde se instaló Robert Desnos
para enamorarse de ella, a quien le escribió varios de los textos más hermosos del siglo veinte en
lengua francesa.
La pregunta es: ¿dónde están los Man Ray y los Desnos del presente, los Picasso
y los Breton de hoy?
Hay dos posibles respuestas: o se esconden muy bien o simplemente no están,
anulados por la posmodernidad, la frivolidad, el mercado.
Y entonces la fiesta terminó.
Y todo lo que queda es la escenografía iluminada por los flashes de las cámaras
digitales de los turistas.