La mujer vive en la plaza San Martín. Vive rodeada de sus cosas, apiladas, envueltas en informes e infinitas bolsas de nailon. Un perro amable sólo con ella le mueve la cola. La miro y se ofende. Claro, no es un fenómeno de circo, y me disculpo. Mil veces la han mostrado por TV, y eso la pone brava. Hablo con ella y me dice que se llama Elisa y que vive en la calle porque no tiene trabajo y que mil veces ha pedido trabajar y que no y que nada. Nada. Cuenta que ha visto intendentes, gobernadores, concejales, políticos, hombres, mujeres, niños y ancianos pasar al lado de ella como quien pasa ante algo que no se quiere ver ni oler. Entonces veo la tremenda estupidez de la sociedad rosarina, a la cual pertenezco. Estupidez en el peor sentido: tontería, prejuicio, imbecilidad. Imbecilidad de los gobernantes y los gobernados, de vecinos y extraños. Imbecilidad mía, que le tengo lástima. ¿Qué hacer con la lástima, hacia ella que no la quiere? ¿Adónde la pongo, a la lástima? ¿Sobre qué mesa? ¿En qué alcancía? Los imbéciles dicen -decimos- que Elisa no paga los impuestos. Justo ella que paga los impuestos cada vez que compra algo: el famoso IVA que los poderosos quieren evitar y descargan haciendo obras culturales. Decimos que afea la plaza. Que su miseria de bolsas de nailon no está acorde con el barrio, con las casas lustrosas de mármol y de bronces y de mucamas; que contrasta demasiado con la bella y cara restauración del viejo palacio de Tribunales; que es una falta de pudor contra nosotros, tan pudorosos e imbéciles. Justo con ella, que está sin trabajo, como tantos de nosotros; justo con ella que hace de su miseria una bandera que nos tira contra la cara, justo en la cuna de la bandera. Elisa no roba ni mata ni cirujea ni se cuelga de la luz ni usurpa una casa ni se prostituye como una chica Tinelli ni se droga y ni siquiera toma, como hacen futbolistas y artistas y políticos y comisarios y jueces y las chicas de Tinelli que tiran las bolsas de nailon, seguro. Usa la plaza, nada más. Hasta la barre. Dice que el perro no es de ella, porque los perros no son de nadie. Pero el único cariño que ha recibido es el de ese perro llamado Negri, que un imbécil quiso mandar al Imusa para que esté bien cuidado. Imbécil como yo, un amigo me esquiva el saludo con los ojos como platos, al verme hablar con Elisa y un alumno futuro abogado huele el aire como mi amigo imbécil, venteando el olor, como hace el perro que no es de Elisa y jamás será abogado. Mi prejuicio imbécil de clase media perfumada no tiene más herramientas que la piedad y la lástima para con ella. No puedo darle el dinero que no tengo, ni las cosas que me sobran, como otros imbéciles como yo que dan lo que les sobra y un poco del mucho dinero que poseen, con la módica recompensa de una conciencia tranquila. ¿Qué hacer con Elisa? ¿Qué hacer con las Elisas de este mundo que están frente a los Museos de la Memoria y de las que nadie se acuerda?
































