Bernarda era una de nuestras dos perritas, sin raza, de tamaño chico, muy educada. La trataba de un soplo al corazón un veterinario especialista en cardiología. Ella tomaba Enalapril y cada tres meses se le hacía un electrocardiograma, por tres años anduvo muy bien. Luego tenía su médico de cabecera, que trabaja con su hija: ella queda al frente de la veterinaria cuando el papá sale al interior de la provincia a ocuparse de la atención del ganado de sus clientes. Bernardita empezó a caminar mal con la manito delantera izquierda, se consultó a un especialista en huesos y diagnosticó cáncer por una placa radiográfica. Al consultar a otros médicos, diagnosticaron un esguince, adjudicándole la agitación que tenía al dolor que eso le provocaba (tomaba calmantes). El 26 de noviembre a Bernarda se le puso el paladar blanco por una hemorragia, se llamó a un centro de emergencias veterinario que no contestó. Al final recurrimos a un veterinario que la recibió ya en estado de coma y no pudo hacer otra cosa que pararle los latidos de su corazón. Salvo su cardiólogo y el veterinario que la durmió, creo que más de un especialista en animales tendría que mirar su título, estudiar y actualizarse. Y a la médica que la vio en sus últimos días entregar los análisis que hace más de un mes le hicimos a manera de estudios para saber qué le pasaba al animal. ¿Quién controla a los médicos veterinarios? Y si así fuera, ¿la entidad que los nuclea aplicará sanciones a quienes no cumplen eficazmente con el ejercicio de su profesión? ¿Cómo conoce un habitante de Rosario quiénes están en tal condición?. Preguntas sin respuestas.





































