El momento actual que vivimos los argentinos, se torna por momentos penoso, ya que el exceso de vanidades que nos ofrece la sociedad en su conjunto, nos desborda, nos arrolla y nos embrutece. La falta de conciencia de la importancia de la unidad nacional, está a la vista del mundo entero por estos días. ¿Cómo podemos aspirar a ser una verdadera nación, si no estamos unidos? Y, mal que nos pese, cualquier estupidez es suficiente para dividirnos, para ampliar la brecha existente entre hermanos peregrinos de una misma patria terrena y celestial. Por esto, y por mucho más, considero urgente reflexionar en profundidad la exhortación que nos hace San Pablo a modo de rogativa, para nuestro propio bien. En su carta a los Filipenses, dice: "Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte en la cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el Cielo, en la Tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: ‘Jesucristo es el Señor".



































