I.
Una y pico de la madrugada de un viernes. El diario terminaba de cerrar y la invitación para
el amigo surgió espontánea: “¿Vamos a tomar una copa?”.
El periodista levantó la mirada de la pantalla de la PC donde estaba chateando y con un gesto
travieso disparó la negativa: “No, viejo, gracias”. Y señalando el monitor con la
cabeza remató la frase: “El boliche está aquí”.
Perplejo, encaré la noche solo. Y la terminé solo.
II.
Están todos, o casi todos.
Conocidos, amigos, ex amigos, novias, ex novias y futuras novias.
Todos están en Facebook.
Cuelgan fotos, cuentan cuál es su película o libro o grupo de rock preferido, exponen su
currículum, hacen chistes…
Parecen esos avisos de búsqueda de pareja que se ven en ciertos lados. Pero la oferta no es
sexual, ni siquiera es una oferta. Es un modo de estar en el mundo. Es un lugar de encuentro. Es
“el boliche”.
Y de esa manera se hacen “amigos”, chatean, se mandan mensajes. ¿Se encontrarán
alguna vez? ¿Conversarán? ¿Percibirán el sonido de la voz del otro, sabrán si tiene linda piel o
aliento dulce, si sabe besar, si fuma, si le transpiran las manos?
Es un boliche raro.
III.
Aunque los años pasan, él no cree que la vida pase con ellos. Entonces, sigue saliendo a
recorrer las intemperies de la noche.
Y de algo se ha dado cuenta: ya no es posible encontrar a casi nadie si antes no se ha
acordado una cita. Y es que los lugares físicos parecen haber dejado de ser los puntos de
encuentro.
El rol que antes cumplían los bares ahora lo desempeñan los mensajes de texto o el chat. Los
“lugares” son virtuales.
Y no quedan en ninguna parte.
IV.
Un día me descubrí tocando la pantalla donde estaba tu imagen.
Ahora sé que estás allí.
En Facebook.



























