Argentina se encoge de hombros y con indiferencia dice "es lo que tenemos". Esta expresión negativa denota cuán resignados y faltos de ganas nos sentimos en esta era de infinitas realizaciones que ha prolongado el promedio de vida, reducido distancias y que promete radicales cambios para el futuro. Realmente el país no está bien como tal pero así tampoco impulsaremos el cambio, derribaremos la inseguridad, inflación, corrupción, egoísmo. Recuerdo que muchos años atrás estábamos bastante peor: debíamos pisar charcos en las inundadas calles para cruzar. Otros días soportábamos los carros municipales que regaban esas calles levantando polvareda generada por la sequía. Si había alguna moneda para el boleto de un tranvía que nos dejara cerca de la escuela lo tomábamos. Si no había monedas igual se llegaba caminando hacia esa escuela cuyas clases eran sagradas y jamás se interrumpían. Si no alcanzaba el dinero para comprar ropa o zapatillas entonces se remendaba lo existente para que duraran un poco más. El hielo en barra se derretía en heladeras de madera e interior de chapa galvanizada. Ese era un buen frío para nosotros. La radio a lámparas era rodeada por la familia para esparcimiento u oír música, novelas e información. Los productos siempre tenían igual precio y las compras se realizaban en base a un mutuo compromiso de palabra. La vida y la muerte eran objeto de respeto. Al pasar un cortejo fúnebre se hacía silencio y los hombres se descubrían en homenaje póstumo al muerto desconocido. Los juguetes elaborados a mano eran reales, inofensivos, sin personajes siniestros, de ficción o guerra. Eran juguetes para jugar. No recuerdo haber dicho o escuchado "es lo que tenemos". En su lugar, hacíamos más para tener más como individuos o país.



































